HACÍA
MILLONES DE AÑOS
Hacía millones de años que deambulábamos por esa comarca paradisíaca.
Aquello era la eternidad y sólo había que morir para conseguirla. Cuando
llegamos, no conocíamos a nadie. El sitio estaba repleto de árboles
vistosos que provocaban una primavera todos los días. Aunque lo de “día”
era arbitrario, porque el sol no se ponía nunca. Al menos, eso parecía
ocurrir, porque cuando los apóstoles de túnica blanca nos guiaban en el
paisaje, el sol estaba a pleno. Cuando los mismos apóstoles de túnica
blanca nos acompañaban hacia las tinieblas, el sol seguía en su lugar.
Tampoco podría explicar racionalmente por qué hacía millones de años que
estábamos allí, pero lo estábamos. Había momentos en que descubríamos
algunos cambios y eso demostraba, de alguna manera, el paso de lo que llamábamos
tiempo. Por ejemplo, cuando arribó Donhéc, a quien habíamos dejado en la
Tierra y, si! empre pensé, se había ligado tanto a nuestros afectos que,
no pudiendo soportar nuestra ausencia, decidió partir. Nunca nos dijo nada
al respecto. Sólo nos aclaró que seguía buscando una salida, como venía
haciéndolo en la Tierra.
Enseguida nos aburrimos. Al principio, andábamos en silencio buscando,
entre las tribus que ya estaban formadas, algo o alguien que nos diera una
respuesta. Cada tribu se congregaba en torno a una figura que, seguramente,
ejercía algún tipo de liderazgo. Y más allá de las tribus se erigían
ante nuestros ojos, grupos o individuos que erraban, como nosotros, y nos
observaban sin hablar, casi implorando una salvación. La ansiedad devoraba
a Jane que quería saber si estábamos en el cielo o en el infierno. Desde
nuestro rol, no podríamos saberlo nunca.
Lo cierto es que nuestra situación cambió drásticamente cuando llegó
Donhéc. Su aparición en la Tierra había sido igual. Siempre abrigado en
su buzo de frisa gris que alcanzaba a sus rodillas, un pa! ntalón muy cómodo
también gris, y un par de alpargatas desteñidas conformaban su opaco
atuendo, eclipsado por su brillante barba blanca y su cuidada melena, larga
para su edad, si es que hay alguna edad para llevar melena. Estábamos
sentados en círculo, pensando quién sabe en qué cosa, cuando Donhéc gritó
que por fin nos había encontrado. Me abrazó y no cesó de reír y de
preguntarme cómo estaba. A ellos los saludó tibiamente, como si recién
los frecuentara. Sospeché que era la consecuencia de las discusiones que
tenían en la Tierra. De todas maneras, lo pusimos al tanto de nuestro
presente y se ofreció sin reparos a darnos una mano.
Donhéc nos puso en contacto con los primeros seres que nos escucharon.
Pudimos contar la historia de nuestras vidas a quien quisiera oírnos. Y oímos
las historias de otras vidas que nos contaron. Y así, transcurrieron otros
millones de años. Había que oír a Octavio que, con fervor, repetía cada
adjetivo, cada frase, cada párrafo, en un orden i! nalterable, como si los
tuviera escrito en un papel. Como si fuese un actor representando una obra
al dedillo, por enésima vez. Se sentaba apoyando su espalda en un arce de
casi cuarenta metros de alto, si se podía hablar de medida en ese lugar.
Miraba a la gente que le rodeaba, que es-peraba oír una historia
maravillosa sobre cómo nos conocimos en la Tierra, y se apasionaba. Porque
a Octavio le quitaba el sueño que no le escucharan, o que no le leyeran.
Toda su vida estuvo sostenida por la idea,quizás un tanto desproporcionada,
de creer que nació y creció para escribir historias y para ganarse a miles
de lectores. O de alumnos. Uno, de tanto escucharlo, algo aprendía del arte
de narrar. Sabíamos que contaba con un block sin horizonte en el que
plasmaba sus creaciones, algunas de las cuales iban a parar a las
emancipadas páginas de revistas literarias alternativas. Octavio solía
recordar,desde siempre,que todo comenzó aquella mañana de lunes, del año
2000 del calendario que ! conocimos.
Todos habíamos sido rechazados por los selectores de personal de aquella
oscura fábrica de calefactores. Un aviso en el diario nos había convocado.
Cada uno, con un interés particular, concurrió al llamado. La cola era
extensa y, cuando yo llegué, Octavio y Alberto eran los últimos.
Conversaban con buen ánimo, se pasaban cigarrillos, y comenzamos a
conocernos cuando apareció un empleado repartiendo formularios que debíamos
completar con nuestros datos personales y antecedentes. Ellos jamás habían
llenado uno. Cuando vieron que mi birome se desplazaba a gran velocidad,
como si conociera de memoria la metodología, me consultaron sobre la manera
de completarlo. Yo trabajé durante diecisiete años con el viejo Stocco, en
su carpintería. Fue mi primer trabajo; y el único. Pero podía escribir
sobre todos los espacios en blanco disponibles. Algo tenía claro: era
carpintero. Y hubiera seguido siéndolo si no fuera por la caída industrial
de los noventa. Nunca había visto! llorar a nadie, tan sinceramente, como
lo hizo el viejo Stocco cuando tuvo que bajar las persianas del galpón por
última vez. No fue él solo quien lloró. Amalia, mi mujer, y mis dos
hijas, también. Eran tiempos difíciles para conseguir trabajo de
inmediato. Octavio y Alberto tenían conocimiento de ello, pero excedían un
optimismo que los hacía intercambiar proyectos, en principio delirantes,
que acababan por hacerme reír.
Alberto fumaba un cigarrillo tras otro del paquete que le había regalado
Octavio, quien como deseaba abandonar el hábito y sólo tenía para gastar
en uno cada veinticuatro horas, tal acto de generosidad le conminaba a
reducir el vicio. Su rostro de niño travieso aparecía refulgente en cuanto
se evaporaba hacia los cielos el humo que exhalaba de su pequeña boca.
Mientras repetía esta operación, Alberto contó que se había ido a
Estados Unidos a estudiar cine con parte del dinero que había robado en un
banco con casa matriz en el extranjero. Dijo que el res! to del botín quedó
escondido en un sitio al que sólo él tenía acceso, y que necesitaba un
trabajo temporario para justificar el dinero que iba a gastar en su primer
largometraje.
Octavio se sumó con celeridad al emprendimiento acotando que podría
aportar eficazmente como guionista. Explicó que, de todas maneras,
necesitaba un trabajo que le permitiera hacer a un costado unos pesos para
publicar su primera novela que ya había sido rechazada, injustamente, por
diversas editoriales de Argentina, México y España.
Estaban en eso de confesarse, con desmesurado entusiasmo, sus sueños e
ilusiones, cuando alguien señaló la interesante llegada de Jane. Poseía
un aspecto deliberadamente cuidado y una mirada tan insoportable como
serena. Jane era muy joven y, además, lo parecía. Cuando se detuvo junto a
Octavio, no dejó de mirarle a los ojos hasta la molestia. A Alberto le
perturbó esa actitud y le despertó celos precoces. Octavio llegó a
imaginar que Alberto pensaba que se había ! ganado a Jane a fuerza de
silencio. Ella le hablaba sólo a Octavio y éste, profundamente impactado,
respondía con parquedad. Jane le preguntaba con calidez, cómo le iba y
esas cosas aparentemente triviales. Octavio bajaba la mirada de vez en
cuando, como un chico con temor. Levantaba los ojos hasta encontrarse con
los de ella, bien grandes y oscuros, y creía haber perdido todas las
respuestas. Cuando Jane extraviaba su mirada hacia el cielo, se apoyaba
contra la pared como buscando un hombro protector, su cara vislumbraba
alguna mueca descolocada, su pelo le cruzaba con sensualidad la nariz,
empujado por la brisa helada, y Octavio… se incomodaba al tiempo que
sobrevenían algunos fantasmas de su pasado tan ligero y amargo. Nunca
supimos con exactitud, y tal vez no teníamos por qué saberlo, cuál fue el
motivo del divorcio entre Jane y Octavio, ocurrido mucho antes de aquel
reencuentro.
Con los pocos pesos que teníamos en los bolsillos, cruzamos a un precario
comedor que fun! cionaba frente a la fábrica. Pedimos unos panchos con
salchichas bien calientes y algún vino que nos agradara a todos. Tratábamos
de acercar nuestras ideas para encarar un trabajo en conjunto, a manera de
cooperativa, cuando Donhéc se paró junto a nuestra mesa. Dijo que no tenía
con quién comer y, antes de acercarse a la persona que atendía en el
mostrador, nos aclaró que conocía la forma de que pudiéramos salir
adelante, como si supiera de antemano de qué estábamos hablando.
Donhéc, que había visto la clase de comida que teníamos sobre la mesa,
pidió lo mismo. Se sentó junto a Jane, luego de pedirle permiso con fina
cortesía, y nos exigió un repaso de cada uno de los proyectos
individuales. Antes de pegarle el primer mordisco a su bocado expuso la idea
del cine ambulante y a la gorra. Donhéc inspiró tanta confianza en
nosotros que fuimos aceptando de a poco lo que proponía.
Por ende, millones de años más tarde, oíamos con interés el postulado de
Donhéc referido al hal! lazgo de una salida que nos permitiera vivir como
antaño, con los pies sobre la Tierra y la cabeza en tantas cosas; trabajo,
recreación, amor sexo, respiración, fuerza, debilidad, todo lo que conocíamos
con el sencillo nombre de: vida. Entonces, Donhéc aparecía y desaparecía
constantemente, provocando cambios que nos dejaban notar la ilusión del
paso del tiempo que, probablemente, estaba muerto. Una vez, me dijo que
estaba cerca de encontrar esa salida de la que tanto hablaba, pero le pedí
que me diera la posibilidad de ver a mi mujer y a mis dos hijas. Le imploré
que esa salida fuera más parecida a lo que yo imaginaba como resurrección,
para volver al mismo lugar, con los míos; no, lo que yo imaginaba como
reencarnación, para volver en forma de animal o de vegetal: prefería
quedarme en aquel lugar. Así que, luego de estos ruegos a Donhéc, nos
resignamos a su éxodo periódico y pasamos otros millones de años contándole
a la otra gente cómo fuimos a parar allí.
Cuando Alber! to vino con una camioneta, sospechamos que había hecho uso
del dinero que, según él mismo, hurtó antes de irse a Norteamérica. Dijo
que debíamos equiparla con una pantalla gigante rebatible, un proyector de
cine de 35 milímetros y algunas copias para exhibir en los pueblos donde
existía gente que nunca había visto películas proyectadas en la pared.
Aclaró que iba a necesitar una promotora (señaló a Jane), una persona que
le escriba los volantes con los anuncios (señaló a Octavio), y un
carpintero que se encargue del mantenimiento de las sillas desplegables y
otros mobiliarios en los que la madera jugaba un papel preponderante. Ante
la falta de aceptación, percibiendo en el aire un clima enrarecido, Alberto
nos confió que el robo al banco lo hizo alquilando una casa lindera que,
boquete mediante, lo conducía a las cajas de seguridad donde algunos
funcionarios resguardaban fortunas mal habidas de coimas diversas. No sé si
llegamos a creerle, pero el argumento amortiguó el efec! to y nos empujó a
colaborar con él. Y, por si hacía falta algo más, prometió incluirnos en
su primer largometraje; lo que deslumbró a Jane, quien siempre soñó con
ser actriz y ya se había acostumbrado a su seudónimo como si fuera su
nombre de nacimiento.
A la gente de aquel lugar arbolado le fascinaba escuchar que habíamos
recorrido todos los pueblos del noroeste argentino pasando cintas que
despertaban nobles sentimientos y que nos dejaban en la gorra más monedas
que las que esperábamos. Donhéc no se equivocó y con ese dinero comimos,
mantuvimos el vehículo, y yo pude enviarle unos billetes a mis amadas
mujeres. Tanto les seducía ese episodio como les entristecía, aunque no
llegaban jamás a derramar una lágrima, saber cómo fue el accidente.
Aquella noche, comimos un exquisito asado completo, y bebimos todos,
incluido Alberto que debía conducir la camioneta. Creímos haber descansado
lo suficiente, y nos dirigimos a la ruta. Fue en una curva, en plena
oscuridad. Alberto! vio al pobre animal cuando lo tuvo encima. Lo esquivó
por impulso y el vehículo comenzó su alocada carrera de vuelcos que no tenía
fin. Fuimos despedidos por los aires hasta quedar desparramados unos a
metros de los otros. Mis ojos se iban acostumbrando a la luz de la luna. No
podía moverme, pero veía todo. Alberto, inerme, yacía con un brazo
apoyado en el destruido proyector. Octavio escupía sangre y emitía algunos
gemidos. Jane, la pobre de Jane, con su dulce rostro abatido, se arrastraba
hasta alcanzar el cuerpo de Octavio. Se sentó lentamente, y le llevó dos
horas, tres, cuatro, no sé, poner a Octavio sobre sus lastimadas piernas.
Lloró incansablemente cuando él dejó de respirar. Lloró hasta que me
dormí. Aún cuando desperté me pareció seguir oyéndola. Era sólo
aturdimiento. Yo seguía sin moverme, pero lo veía todo. Lo vi a Donhéc,
con un médico, al pie de mi cama. Supe que estaba en terapia intensiva
desde hacía mucho tiempo. Supe que Jane escapó del hospital en malas !
condiciones y sufrió un paro cardíaco. Supe que mi cuerpo estaba en coma
irreversible, que el médico decía: es difícil que se salve; si lo hace,
no quedará bien. Los oía, pero ellos no. Los veía, pero ellos no. Y jamás
pude calcular cuánto tiempo pasó hasta que aparecí en este lugar, paraíso
o infierno, gran pregunta de Jane.
Hacía millones de años que hacían millones de dudas. Dónde estábamos si
mis amadas chicas no aparecían para contarme cómo fue el resto de sus
vidas. Y entre millones de años, una noche. Una sola noche, en que surgió
la presencia de Donhéc. Dijo que encontró un túnel por donde volver a la
vida en el pla-neta Tierra. Mencionó que hubo una serie de movimientos
naturales, que ya no existían animales gigantescos, que aunque podíamos soñar
que éramos monos, Íbamos a entrar en esa Tierra para empezar todo de
nuevo. Le dije a Donhéc que no deseaba irme sin saber de Dios. Donhéc había
transitado mucho; debía saber algo. Me respondió que algunos afirmaban que
! aparecerá el día del Juicio Final, pero que otros sostenían que no se
mostraba porque sentía vergüenza de nosotros. Era hora, Donhéc, de que
encontraras una salida.
Pasó esa única noche y prosiguió el día, como los otros millones de días
y de años. Cuando mi ansiedad se había extinguido por efecto de las
palabras de Donhéc, pude reencontrar a Amalia y a mis nenas, que habían
crecido al punto de convertirse en mujeres. Y, fue extraño, volví a sentir
emoción. Volví a experimentar aquello que añorábamos con Jane, Octavio y
Alberto: la vida. Volví a sentir un abrazo, un beso, el amor. Me contuve,
para pensar si era una trampa de Donhéc. Pero, ¿por qué trampa? Si Donhéc
siempre cumplió lo que dijo. Si Donhéc buscó hasta conseguir. Si Donhéc
anunció que halló la salida de la que tanto hablaba y ahora estaban
conmigo mis chicas, ¿por qué temer? Les pregunté qué había sido de
ellas, todo este tiempo sin tiempo. Me respondieron que no importaba
demasiado. Les comenté que aunque es! tuve acompañado por Jane y los
muchachos, las había extrañado, y me había angustiado no tenerlas. Las
miré en silencio largos minutos. ¿Cuánto hacía que no hablaba de
minutos? El sol atravesaba los árboles y conseguía que sus ojos pudieran
brillar más. Nos tomamos de las manos un instante que fue interrumpido
cuando se detuvo frente a nosotros uno de los apóstoles de túnica blanca.
Me miró y señaló un portón con rejas negras que se levantaba en el fondo
del camino. Dijo: ahí está la salida, Ignacio; no más electroshock, ahora
tiene que volver a vivir.
Raúl Astorga