(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA

Raúl Astorga

HACÍA MILLONES DE AÑOS

HACÍA MILLONES DE AÑOS Hacía millones de años que deambulábamos por esa comarca paradisíaca. Aquello era la eternidad y sólo había que morir para conseguirla. Cuando llegamos, no conocíamos a nadie. El sitio estaba repleto de árboles vistosos que provocaban una primavera todos los días. Aunque lo de “día” era arbitrario, porque el sol no se ponía nunca. Al menos, eso parecía ocurrir, porque cuando los apóstoles de túnica blanca nos guiaban en el paisaje, el sol estaba a pleno. Cuando los mismos apóstoles de túnica blanca nos acompañaban hacia las tinieblas, el sol seguía en su lugar. Tampoco podría explicar racionalmente por qué hacía millones de años que estábamos allí, pero lo estábamos. Había momentos en que descubríamos algunos cambios y eso demostraba, de alguna manera, el paso de lo que llamábamos tiempo. Por ejemplo, cuando arribó Donhéc, a quien habíamos dejado en la Tierra y, si! empre pensé, se había ligado tanto a nuestros afectos que, no pudiendo soportar nuestra ausencia, decidió partir. Nunca nos dijo nada al respecto. Sólo nos aclaró que seguía buscando una salida, como venía haciéndolo en la Tierra.
Enseguida nos aburrimos. Al principio, andábamos en silencio buscando, entre las tribus que ya estaban formadas, algo o alguien que nos diera una respuesta. Cada tribu se congregaba en torno a una figura que, seguramente, ejercía algún tipo de liderazgo. Y más allá de las tribus se erigían ante nuestros ojos, grupos o individuos que erraban, como nosotros, y nos observaban sin hablar, casi implorando una salvación. La ansiedad devoraba a Jane que quería saber si estábamos en el cielo o en el infierno. Desde nuestro rol, no podríamos saberlo nunca.
Lo cierto es que nuestra situación cambió drásticamente cuando llegó Donhéc. Su aparición en la Tierra había sido igual. Siempre abrigado en su buzo de frisa gris que alcanzaba a sus rodillas, un pa! ntalón muy cómodo también gris, y un par de alpargatas desteñidas conformaban su opaco atuendo, eclipsado por su brillante barba blanca y su cuidada melena, larga para su edad, si es que hay alguna edad para llevar melena. Estábamos sentados en círculo, pensando quién sabe en qué cosa, cuando Donhéc gritó que por fin nos había encontrado. Me abrazó y no cesó de reír y de preguntarme cómo estaba. A ellos los saludó tibiamente, como si recién los frecuentara. Sospeché que era la consecuencia de las discusiones que tenían en la Tierra. De todas maneras, lo pusimos al tanto de nuestro presente y se ofreció sin reparos a darnos una mano.
Donhéc nos puso en contacto con los primeros seres que nos escucharon. Pudimos contar la historia de nuestras vidas a quien quisiera oírnos. Y oímos las historias de otras vidas que nos contaron. Y así, transcurrieron otros millones de años. Había que oír a Octavio que, con fervor, repetía cada adjetivo, cada frase, cada párrafo, en un orden i! nalterable, como si los tuviera escrito en un papel. Como si fuese un actor representando una obra al dedillo, por enésima vez. Se sentaba apoyando su espalda en un arce de casi cuarenta metros de alto, si se podía hablar de medida en ese lugar. Miraba a la gente que le rodeaba, que es-peraba oír una historia maravillosa sobre cómo nos conocimos en la Tierra, y se apasionaba. Porque a Octavio le quitaba el sueño que no le escucharan, o que no le leyeran. Toda su vida estuvo sostenida por la idea,quizás un tanto desproporcionada, de creer que nació y creció para escribir historias y para ganarse a miles de lectores. O de alumnos. Uno, de tanto escucharlo, algo aprendía del arte de narrar. Sabíamos que contaba con un block sin horizonte en el que plasmaba sus creaciones, algunas de las cuales iban a parar a las emancipadas páginas de revistas literarias alternativas. Octavio solía recordar,desde siempre,que todo comenzó aquella mañana de lunes, del año 2000 del calendario que ! conocimos.
Todos habíamos sido rechazados por los selectores de personal de aquella oscura fábrica de calefactores. Un aviso en el diario nos había convocado. Cada uno, con un interés particular, concurrió al llamado. La cola era extensa y, cuando yo llegué, Octavio y Alberto eran los últimos. Conversaban con buen ánimo, se pasaban cigarrillos, y comenzamos a conocernos cuando apareció un empleado repartiendo formularios que debíamos completar con nuestros datos personales y antecedentes. Ellos jamás habían llenado uno. Cuando vieron que mi birome se desplazaba a gran velocidad, como si conociera de memoria la metodología, me consultaron sobre la manera de completarlo. Yo trabajé durante diecisiete años con el viejo Stocco, en su carpintería. Fue mi primer trabajo; y el único. Pero podía escribir sobre todos los espacios en blanco disponibles. Algo tenía claro: era carpintero. Y hubiera seguido siéndolo si no fuera por la caída industrial de los noventa. Nunca había visto! llorar a nadie, tan sinceramente, como lo hizo el viejo Stocco cuando tuvo que bajar las persianas del galpón por última vez. No fue él solo quien lloró. Amalia, mi mujer, y mis dos hijas, también. Eran tiempos difíciles para conseguir trabajo de inmediato. Octavio y Alberto tenían conocimiento de ello, pero excedían un optimismo que los hacía intercambiar proyectos, en principio delirantes, que acababan por hacerme reír.
Alberto fumaba un cigarrillo tras otro del paquete que le había regalado Octavio, quien como deseaba abandonar el hábito y sólo tenía para gastar en uno cada veinticuatro horas, tal acto de generosidad le conminaba a reducir el vicio. Su rostro de niño travieso aparecía refulgente en cuanto se evaporaba hacia los cielos el humo que exhalaba de su pequeña boca. Mientras repetía esta operación, Alberto contó que se había ido a Estados Unidos a estudiar cine con parte del dinero que había robado en un banco con casa matriz en el extranjero. Dijo que el res! to del botín quedó escondido en un sitio al que sólo él tenía acceso, y que necesitaba un trabajo temporario para justificar el dinero que iba a gastar en su primer largometraje.
Octavio se sumó con celeridad al emprendimiento acotando que podría aportar eficazmente como guionista. Explicó que, de todas maneras, necesitaba un trabajo que le permitiera hacer a un costado unos pesos para publicar su primera novela que ya había sido rechazada, injustamente, por diversas editoriales de Argentina, México y España.
Estaban en eso de confesarse, con desmesurado entusiasmo, sus sueños e ilusiones, cuando alguien señaló la interesante llegada de Jane. Poseía un aspecto deliberadamente cuidado y una mirada tan insoportable como serena. Jane era muy joven y, además, lo parecía. Cuando se detuvo junto a Octavio, no dejó de mirarle a los ojos hasta la molestia. A Alberto le perturbó esa actitud y le despertó celos precoces. Octavio llegó a imaginar que Alberto pensaba que se había ! ganado a Jane a fuerza de silencio. Ella le hablaba sólo a Octavio y éste, profundamente impactado, respondía con parquedad. Jane le preguntaba con calidez, cómo le iba y esas cosas aparentemente triviales. Octavio bajaba la mirada de vez en cuando, como un chico con temor. Levantaba los ojos hasta encontrarse con los de ella, bien grandes y oscuros, y creía haber perdido todas las respuestas. Cuando Jane extraviaba su mirada hacia el cielo, se apoyaba contra la pared como buscando un hombro protector, su cara vislumbraba alguna mueca descolocada, su pelo le cruzaba con sensualidad la nariz, empujado por la brisa helada, y Octavio… se incomodaba al tiempo que sobrevenían algunos fantasmas de su pasado tan ligero y amargo. Nunca supimos con exactitud, y tal vez no teníamos por qué saberlo, cuál fue el motivo del divorcio entre Jane y Octavio, ocurrido mucho antes de aquel reencuentro.
Con los pocos pesos que teníamos en los bolsillos, cruzamos a un precario comedor que fun! cionaba frente a la fábrica. Pedimos unos panchos con salchichas bien calientes y algún vino que nos agradara a todos. Tratábamos de acercar nuestras ideas para encarar un trabajo en conjunto, a manera de cooperativa, cuando Donhéc se paró junto a nuestra mesa. Dijo que no tenía con quién comer y, antes de acercarse a la persona que atendía en el mostrador, nos aclaró que conocía la forma de que pudiéramos salir adelante, como si supiera de antemano de qué estábamos hablando.
Donhéc, que había visto la clase de comida que teníamos sobre la mesa, pidió lo mismo. Se sentó junto a Jane, luego de pedirle permiso con fina cortesía, y nos exigió un repaso de cada uno de los proyectos individuales. Antes de pegarle el primer mordisco a su bocado expuso la idea del cine ambulante y a la gorra. Donhéc inspiró tanta confianza en nosotros que fuimos aceptando de a poco lo que proponía.
Por ende, millones de años más tarde, oíamos con interés el postulado de Donhéc referido al hal! lazgo de una salida que nos permitiera vivir como antaño, con los pies sobre la Tierra y la cabeza en tantas cosas; trabajo, recreación, amor sexo, respiración, fuerza, debilidad, todo lo que conocíamos con el sencillo nombre de: vida. Entonces, Donhéc aparecía y desaparecía constantemente, provocando cambios que nos dejaban notar la ilusión del paso del tiempo que, probablemente, estaba muerto. Una vez, me dijo que estaba cerca de encontrar esa salida de la que tanto hablaba, pero le pedí que me diera la posibilidad de ver a mi mujer y a mis dos hijas. Le imploré que esa salida fuera más parecida a lo que yo imaginaba como resurrección, para volver al mismo lugar, con los míos; no, lo que yo imaginaba como reencarnación, para volver en forma de animal o de vegetal: prefería quedarme en aquel lugar. Así que, luego de estos ruegos a Donhéc, nos resignamos a su éxodo periódico y pasamos otros millones de años contándole a la otra gente cómo fuimos a parar allí.
Cuando Alber! to vino con una camioneta, sospechamos que había hecho uso del dinero que, según él mismo, hurtó antes de irse a Norteamérica. Dijo que debíamos equiparla con una pantalla gigante rebatible, un proyector de cine de 35 milímetros y algunas copias para exhibir en los pueblos donde existía gente que nunca había visto películas proyectadas en la pared. Aclaró que iba a necesitar una promotora (señaló a Jane), una persona que le escriba los volantes con los anuncios (señaló a Octavio), y un carpintero que se encargue del mantenimiento de las sillas desplegables y otros mobiliarios en los que la madera jugaba un papel preponderante. Ante la falta de aceptación, percibiendo en el aire un clima enrarecido, Alberto nos confió que el robo al banco lo hizo alquilando una casa lindera que, boquete mediante, lo conducía a las cajas de seguridad donde algunos funcionarios resguardaban fortunas mal habidas de coimas diversas. No sé si llegamos a creerle, pero el argumento amortiguó el efec! to y nos empujó a colaborar con él. Y, por si hacía falta algo más, prometió incluirnos en su primer largometraje; lo que deslumbró a Jane, quien siempre soñó con ser actriz y ya se había acostumbrado a su seudónimo como si fuera su nombre de nacimiento.
A la gente de aquel lugar arbolado le fascinaba escuchar que habíamos recorrido todos los pueblos del noroeste argentino pasando cintas que despertaban nobles sentimientos y que nos dejaban en la gorra más monedas que las que esperábamos. Donhéc no se equivocó y con ese dinero comimos, mantuvimos el vehículo, y yo pude enviarle unos billetes a mis amadas mujeres. Tanto les seducía ese episodio como les entristecía, aunque no llegaban jamás a derramar una lágrima, saber cómo fue el accidente.
Aquella noche, comimos un exquisito asado completo, y bebimos todos, incluido Alberto que debía conducir la camioneta. Creímos haber descansado lo suficiente, y nos dirigimos a la ruta. Fue en una curva, en plena oscuridad. Alberto! vio al pobre animal cuando lo tuvo encima. Lo esquivó por impulso y el vehículo comenzó su alocada carrera de vuelcos que no tenía fin. Fuimos despedidos por los aires hasta quedar desparramados unos a metros de los otros. Mis ojos se iban acostumbrando a la luz de la luna. No podía moverme, pero veía todo. Alberto, inerme, yacía con un brazo apoyado en el destruido proyector. Octavio escupía sangre y emitía algunos gemidos. Jane, la pobre de Jane, con su dulce rostro abatido, se arrastraba hasta alcanzar el cuerpo de Octavio. Se sentó lentamente, y le llevó dos horas, tres, cuatro, no sé, poner a Octavio sobre sus lastimadas piernas. Lloró incansablemente cuando él dejó de respirar. Lloró hasta que me dormí. Aún cuando desperté me pareció seguir oyéndola. Era sólo aturdimiento. Yo seguía sin moverme, pero lo veía todo. Lo vi a Donhéc, con un médico, al pie de mi cama. Supe que estaba en terapia intensiva desde hacía mucho tiempo. Supe que Jane escapó del hospital en malas ! condiciones y sufrió un paro cardíaco. Supe que mi cuerpo estaba en coma irreversible, que el médico decía: es difícil que se salve; si lo hace, no quedará bien. Los oía, pero ellos no. Los veía, pero ellos no. Y jamás pude calcular cuánto tiempo pasó hasta que aparecí en este lugar, paraíso o infierno, gran pregunta de Jane.
Hacía millones de años que hacían millones de dudas. Dónde estábamos si mis amadas chicas no aparecían para contarme cómo fue el resto de sus vidas. Y entre millones de años, una noche. Una sola noche, en que surgió la presencia de Donhéc. Dijo que encontró un túnel por donde volver a la vida en el pla-neta Tierra. Mencionó que hubo una serie de movimientos naturales, que ya no existían animales gigantescos, que aunque podíamos soñar que éramos monos, Íbamos a entrar en esa Tierra para empezar todo de nuevo. Le dije a Donhéc que no deseaba irme sin saber de Dios. Donhéc había transitado mucho; debía saber algo. Me respondió que algunos afirmaban que ! aparecerá el día del Juicio Final, pero que otros sostenían que no se mostraba porque sentía vergüenza de nosotros. Era hora, Donhéc, de que encontraras una salida.
Pasó esa única noche y prosiguió el día, como los otros millones de días y de años. Cuando mi ansiedad se había extinguido por efecto de las palabras de Donhéc, pude reencontrar a Amalia y a mis nenas, que habían crecido al punto de convertirse en mujeres. Y, fue extraño, volví a sentir emoción. Volví a experimentar aquello que añorábamos con Jane, Octavio y Alberto: la vida. Volví a sentir un abrazo, un beso, el amor. Me contuve, para pensar si era una trampa de Donhéc. Pero, ¿por qué trampa? Si Donhéc siempre cumplió lo que dijo. Si Donhéc buscó hasta conseguir. Si Donhéc anunció que halló la salida de la que tanto hablaba y ahora estaban conmigo mis chicas, ¿por qué temer? Les pregunté qué había sido de ellas, todo este tiempo sin tiempo. Me respondieron que no importaba demasiado. Les comenté que aunque es! tuve acompañado por Jane y los muchachos, las había extrañado, y me había angustiado no tenerlas. Las miré en silencio largos minutos. ¿Cuánto hacía que no hablaba de minutos? El sol atravesaba los árboles y conseguía que sus ojos pudieran brillar más. Nos tomamos de las manos un instante que fue interrumpido cuando se detuvo frente a nosotros uno de los apóstoles de túnica blanca. Me miró y señaló un portón con rejas negras que se levantaba en el fondo del camino. Dijo: ahí está la salida, Ignacio; no más electroshock, ahora tiene que volver a vivir.

Raúl Astorga

 

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