|
|
|

|
AUTOR |
TITULO DE LA OBRA |
|
Marcelo Brignole |
Varios |
|
CUESTIONES
DE PERTENENCIA El
viento le pegaba de frente por lo que caminaba con la
cabeza gacha, eludiendo olas impetuosas. Por eso lo
vio cuando solo estaba a unos doscientos metros. Tal
vez el encontrarse con un elemento tan ajeno a los
altos barrancos, a la arena blanca y al mar, hizo que
le costara entender que delante de él había una
cromada silla de ruedas y echado encima de ella, un
hombre. Cuando
pasaba por detrás oyó claramente que el lisiado decía: -Está
fría la mañana -Sí-
ni siquiera detuvo su marcha para contestar, aunque lo
sorprendió que el otro le hablara. -Ese
barco es de
mediana altura--insistió el paralítico. El
otro no tuvo más remedio que detenerse. -Encontró
pique. Está con los motores parados. -¿Cómo
lo sabe?-preguntó. -Hace
mucho tiempo que vengo acá.
El hombre sano estaba intrigado pero incómodo.
No recordaba haber tenido trato con un paralítico
aunque aquel hombre no solamente estaba incapacitado
de caminar sino que el único miembro que podía mover
era su cabeza y su mano izquierda. Todo el resto de su
cuerpo yacía en la inercia. -Además
en un tiempo fui marinero-agregó -Ah...
-. Por
primera vez el paralítico lo miró de frente. Tenía
los ojos marrones, el pelo alborotado y la piel
habituada al sol. -¿Está
apurado? -No- -¿Y
por qué no se sienta un rato aquí, al lado mío.
?-propuso
No sabía si tenía ganas de quedarse allí
acompañado de un paralítico. Pero le hizo caso. -Aún
falta mucho para que me vengan a buscar- dijo. Había
vuelto a fijar su mirada en el mar. -Es
raro. Muchos domingos vengo a pasear por acá y
nunca lo
vi- dijo el otro por decir algo. -Lo
que pasa es que a veces me dejan arriba, en el
acantilado- hablaba como si el tema no le interesase.-
En cambio yo a usted lo vi varias veces. No viene
nadie por acá en invierno. -¿Y
en verano también viene?
Perdone... ¿También lo traen?
El inválido no contestó,
continuó hablando como si estuviera recordando
tiempos lejanos -Cada
domingo que lo veía desde allá arriba pensaba en
usted, cada vez imaginaba una historia distinta de cómo
es su vida. Y durante los días de semana, a veces,
también me acordaba de usted y me preguntaba si el
domingo vendría. -¿Y
qué se imaginó de mí?- -Un
domingo pasó casi delante de mío y no me vio. Había
más viento que hoy; entonces usted caminaba con la
cabeza agachada. Yo estaba más atrás.
El que estaba sentado en el suelo creyó
acordarse del día al que se refería. Había paseado
poco tiempo porque el viento lo empujaba hacia atrás
y la arena se le metía en los ojos. -Es
usted un hombre de inmensa fortuna-afirmó pero
enseguida lo negó-: No, es sólo un empleado de
oficina... Es soltero... Casado con tres hijos...
Viene a
esta playa en busca de recuerdos. Mientras
hablaba su mano sana
hurgaba en el bolsillo de campera. Sacó un
paquete de cigarrillos y con un rápido movimiento se
colocó uno en la boca. Guardó el atado y extrajo un
encendedor. Luchó contra el viento pero logró
prenderlo. Cuando iba a guardarlo, el encendedor se
enredó entre sus dedos y luego de rebotar en sus
piernas cayó en la arena. -Mientras
volvía a gurdárselo, después que el otro se lo
alcanzara, dijo: -Le
agradezco... A veces me sucede lo mismo y aún faltan
horas para que vengan
a buscarme. Muero por las ganas de fumar... Se
quedaron callados. El paralítico mirando lo que podía
ver y el otro hombre, sentado en la arena, observando
como su pensamiento iba hacia el mar y ya no estaba en
una playa solitaria de invierno, acompañado por un
paralítico, sino en el acostumbrado apart-hotel de su
memoria. -De
todas maneras, debe ser un buen ejercicio. Digo, como
control mental- -¿Qué
cosa?-preguntó el estropeado. -Estar
acá sentado, con unas ganas terribles de fumar y el
encendedor tirado ahí nomás-
El inválido se rió. -Los
méritos son reconocibles cuando
uno puede optar entre varias alternativas o,
por lo menos, entre una mezcla de ambas. Yo
no tengo control mental como usted dijo, sino
que soy un ente mental, y nada más que eso. No elijo,
solo pienso.
Fue tan contundente el breve discurso, que el
que estaba sentado en la arena, prefirió cambiar de
tema. Sin embargo, preguntó: -¿Quién
lo trae hasta acá?- -Tengo
cierto dinero para respaldar mi desgracia. Todo
hubiese sido peor si fuera pobre. Puedo contratar
movilidad y gente. Además tengo esposa, hijos. Hay
otros como yo que están todo el día tirados en una
cama. -¿Y
cuál es la diferencia?- -Esta.
Poder llegar aquí, ver en imágenes nuestro principal
deseo: el movimiento. ¿O acaso usted conoce algún
paisaje que sea más cambiante
que el mar? Después
de pensarlo, el otro argumentó: -No,
no conozco ninguno, por eso vengo. Lo que me parece es
que puede notar más movimiento, si es eso lo que le
interesa, sentado detrás de una ventana que aquí. -En
cierta manera, es verdad. Pero lo cambiante, en el
ejemplo que usted me cita, está constituido por todo
aquello que una vez fuimos. No es un panorama
agradable permanecer inmóvil
detrás de una ventana. El recuerdo no lo es. El
hombre sano se recostó en la arena sobre su codo
derecho. Se sentía más relajado desde que se había
dado cuenta que el paralítico, tal vez después de
haber sufrido mucho, había encontrado un cierto
sosiego en la intelectualidad de su mala suerte y así
podía sobrellevar la vida. Era un hombre con
el que se podía conversar, sabiendo que, hablase de
lo que se hablase, siempre iba
a estar presente su condición física.
El paralítico dijo: -Sería
terrible que un mono de zoológico, nacido en
libertad, le abran la puerta de la jaula y después de
cierto tiempo de vivir en la ciudad, su paseo
preferido lo constituya ir de visita al zoológico
donde estuvo encerrado.
El hombre que hasta hace unos momentos se creía
el único ser viviente en aquellas playas solitarias,
sonrió. -Es
realmente buena la comparación-admitió. -Ya
se lo dije: soy un ente mental. Pero dejemos de hablar
de mí. Cuénteme sobre su vida... ¿Qué es lo que
hace? ¿De
qué trabaja? El
otro, sin dejar de sonreír, se sentó
y rodeó sus rodillas con los brazos. -¿Para
qué lo quiere saber? -Nos
estamos conociendo, ¿o no? -Sí,
pero pienso en usted. Si le cuento mi vida, ¿no estaría
quitándole un motivo de distracción? -El
atractivo se rompió, al menos para mí, desde que se
dio la extraña casualidad que justo hoy pidiera que
me pongan cerca de la orilla, que usted decidiera
venir a pasear, que no me viese antes, que consienta
en tener esta conversación.
No le prestó atención. Su pensamiento le
estaba dando forma a una comparación acorde al
momento que estaba viviendo. -Si
un ciego de toda la vida comienza a ver después de
los veinte años, ¿es realmente sincera su felicidad?
¿O en algún lugar de su conciencia no se esconde el
deseo de seguir en la oscuridad dado que el nuevo
mundo que va descubriendo es infinitamente más
miserable que aquel que antes daba vueltas en el
universo de su
imaginación?
Esta vez el que sonrió fue el paralítico.
Prendió otro cigarrillo. El encendedor no se le cayó. -Puede
ser- dio una pitada antes de seguir hablando- Hasta en
las peores situaciones se pueden encontrar
ventajas-dijo-Los impedidos también las tenemos,
aunque no lo parezca. Una de esas ventajas es la lástima
que provocamos y de las cuales, en ciertas ocasiones,
abusamos. -¿Por
ejemplo?- -Usted,
¿me negaría un favor? -Según
cual- -Uno
muy sencillo- -Repito:
¿cuál?- -Que
no venga más por aquí -¿Por
qué habría de hacerlo?-se había sentado con las
piernas cruzadas y tenía las manos metidas en los
bolsillos de la campera- Usted no podría impedírmelo. -Le
voy a contar algo-el barco rojo se había desplazado
levemente hacia el horizonte-Mentí. Este encuentro no
fue casual. Generalmente pido que me dejen arriba, en
los acantilados, porque allá las plantas me protegen
del viento, porque si hay algo que odio es el viento.
Por eso usted nunca me vio. Pero desde hace un par de
domingos que pido que me bajen hasta acá.
Sabía que en alguna vez me encontraría con
usted. Mejor dicho: quería encontrarme con usted. -¿Por
qué? -Creo
habérselo dicho. Porque no quiero que vuelva por aquí.
Eso sólo le pido. Tiene usted kilómetros de playa
para pasear. No lo haga por esta zona. Era realmente
el único lugar donde no sentía el
terrible deseo del movimiento, hasta que usted
apareció. Y cada vez que lo veo venir es como si me
hubiesen dejado detrás de una ventana, o como si
estuviera en cualquier otro lugar, en mi casa, en un
bar, pero no aquí. ¿Me entiende? -Creo
que sí- -Ya
me imaginaba que sería incapaz de negarle un pequeño
favor a un pobre paralítico como yo-dijo satisfecho. -No
me escuchó bien. Dije: “creo que sí”. No estoy
seguro de poder complacerlo. -¿Por
qué no? -Porque
este lugar también lo creía solamente mío los
domingos cuando vengo a pasear. Hasta hoy. Ahora, vaya
por donde vaya, sabré que usted está cerca, a mis
espaldas o adelante. Los
dos hombres se dieron cuenta casi al mismo tiempo que
jamás volverían a sentirse realmente solos en el
mundo. Aún con esta certeza a cuestas, el paralítico
insistió: -Realmente
lo lamento. Pero si yo estuviera en su lugar, eligiría
entre seguir viniendo sabiendo que este lugar ya no es
totalmente suyo, o venir a pasear, con la posibilidad
de encontrarse con
un paralítico
al cual usted le ha quitado uno de los pocos placeres
que le quedan en la vida. ¿Podrá
soportar esto último? -No
lo sé-respondió. Se había levantado y con las
palmas de las manos se sacudía la arena que le había
quedado adherida al pantalón- Lo que sí sé es que
podría matarlo ahora mismo. Esa sería otra opción. -No
lo creo-dijo el lisiado-Habrá escuchado muchas veces
esa frase que dicen los que sufren desgracias
semejantes a las mías: “Ojalá tuviera el valor
suficiente como para suicidarme”. El
hombre sano se colocó delante del enfermo y lo observó
durante un largo rato. -Me
voy. No le prometo nada. -Usted
sabrá lo que hace. Pero antes de irse, cuénteme, ¿quién
es? ¿qué hace?
La síntesis de la vida del hombre que estaba
de pie no merecía más que unas cuantas frases. -¿Quiere
usted a su mujer?- quiso saber el paralítico cuando
el otro
concluyó con su relato- ¿Y a sus hijos? ¿Le gusta
su trabajo? -Sí,
pero preferiría no hablar de eso-estuvo a punto de
estirar su mano derecha para saludar, pero se contuvo
a tiempo. Se asombró de lo complicado que resulta
despedirse afectivamente de un paralítico-Adiós.
Subió despacio el barranco que lo llevó hasta
la cima del acantilado. Recobró el aliento antes de
darse vuelta y mirar al hombre que había quedado a
orillas del mar, clavado a una silla de ruedas.
No tuvo que esperar mucho tiempo. El barco rojo
se movía imperceptible cuando el paralítico se
levantó de la silla, y, después de plegarla, se alejó
andando por la playa en la misma dirección en que había
llegado el hombre que ahora lo observaba desde lo alto
del acantilado.
Era noche cerrada cuando los dos, en el
silencio de sus hogares solitarios, cenaron pizza y
vieron los goles de la fecha por televisión.
Tres domingos más tarde, al mediodía, caía
una llovizna breve pero persistente
Un hombre caminaba por una playa cercada por un
mar despoblado de barcos rojos. Sin dejar de andar
empezó a recorrer con su mirada el acantilado, hasta
que divisó, medio escondido detrás de una planta, a
un hombre sentado en una silla de ruedas que también
lo miraba.
El que caminaba por la playa levantó su mano
derecha en señal de saludo. Pero el otro no le
respondió. |
|
|
|
UN
POCO MAS LEJOS
-Elena, vení para acá, por favor. Decíme, ¿para
que corriste la mesa de la computadora? Parado
en la entrada de la pieza, Julio esperó la llegada de
su esposa. -
Yo no la corrí- dijo ella a sus espaldas – Habrá
sido Lucas.
Julio no le creyó. Pensó que estaba
mintiendo: ella sabía cuanto le fastidiaba el
desorden, su costumbre de dejar por cualquier lado la
cartera cuando llegaba de trabajar, los anillos, los
aros. Pero después de veinte años de convivencia,
aceptar aquel defecto, por así decirlo, era parte de
la milimetrica rutina que los abarcaba: la exquisita
armonía de una vida sin riesgos. Pero
lo cierto es que la mesa con la computadora a cuestas,
estaba corrida unos treinta centímetros de la pared.
Lucas tenía once años y no poseía la suficiente
habilidad como para arrastrar el mueble sin que se le
caiga el monitor o
los parlantes o el estuche de los cd. Seguro, pensó
Julio, que había sido ella buscando algún objeto
personal. La imaginó a la mañana apurada por el
horario, rastreando el reloj pulsera, un cosmético.
Con cuidado, Julio empujó el mueble hasta colocarlo
nuevamente junto a la pared. Apagó la luz de la
habitación y fue a sentarse a la mesa para cenar;
Lucas no les prestó atención, demasiado atento
estaba mirando la televisión.
Dos días más tarde, Julio entró de nuevo al
cuarto y sintió que algo estaba fuera de lugar.
Observó la mesa de la computadora pero estaba en su
sitio; miró el sillón de cuero negro y la pequeña
biblioteca de caña donde dormían los libros que habían
sobrevivido al paso de los años. Era la biblioteca.
Julio dio tres pasos y se colocó al costado del
mueble: estaba separada de la pared unos cuarenta centímetros,
según calculó.
Permaneció largo rato observando el polvo
amontonado junto al zócalo, la oscuridad íntima
donde dormían las pelusas que solo de vez en cuando
eran barridas. Pensó en posibilidades ciertas,
recurrió de nuevo al desorden de su esposa, pero no
encontró posible que allí haya ido a parar un objeto
personal de Elena. Podría haber sido Lucas esta vez:
el día anterior había estado jugando toda la tarde
con un amigo y quizás... ¿Pero que cosa se les podría
haber caído detrás de la biblioteca? Mientras
empujaba la estantería primero de un costado y luego
del otro, comprendió que dos niños no podrían haber
logrado separar aquella masa de peso sin que él o
Elena los hubiesen escuchado.
No pensó en el asunto. No buscó explicaciones
porque de todos maneras la sucesión de hechos, la
cotidiana existencia, seguía, imperturbable, su
rumbo. Pero tres días más tarde, cuando se disponía
a matar el tiempo en Internet mientras esperaba que
Elena llegara del trabajo, Julio ya no pudo hacerse el
distraído: apenas ingresó a la habitación, vio como
el sillón, la biblioteca y la mesa de la computadora
estaban más próximos entre sí: ahora la distancia
que separaba a cada mueble de la pared era aún mayor
que las ocasiones anteriores, como si un extraño imán
los hubiese arrastrado hacia el centro de la estancia.
Julio volvió a colocar cada mueble en su
lugar. No se animó a prender la computadora. Se quedó
plantado allí, jadeando levemente por el esfuerzo,
observando cada elemento como si estuviera esperando
que comenzaran a moverse. Pero nada ocurrió.
Esa misma noche, su esposa comenzó a buscarlo
entre las sábanas cuando Lucas ya dormía y ellos habían
apagado la luz de los veladores: era miércoles.
Pero Julio le apretó la mano derecha y le
dijo: -
Espera, tengo algo importante que decirte. -
-Que- -
Los muebles de la habitación donde está la
computadora se mueven solos. Ella
se quedó quieta en la oscuridad. -¿Qué
estas diciendo? -
Lo que oís_
Con voz queda, apagada, le contó. Cuando hubo
terminado ella seguía quieta. Al rato bostezó: -
Debe ser una broma que está haciendo Lucas con el
amigo. Se la pasa leyendo cuentos de terror. Es la
edad.
Julio no la contradijo. Dejó que se durmiera,
seguramente sabiendo que Elena había intentado
aquella explicación porque no tenía otra. O sí:
decirle que estaba loco. No
necesitó del reloj despertador para levantarse a las
tres de la madrugada porque apenas si había cabeceado
algún sueño, atento continuamente a oír algún
ruido fuera de lo normal. Pero nada había ocurrido,
salvo los motores en la calle, el sonido del
agua andando por las cañerías, el ascensor
subiendo y bajando, los ladridos de los perros
vagabundos. De todas maneras, cuando descalzo abrió
la puerta del cuarto y prendió la luz comprobó que
nuevamente los muebles se habían deslizado casi sin
querer hacia el centro del cuarto, paralelos, exactos,
unos cincuenta centímetros del muro.
No dudó en despertar a Elena. -¿Qué
me decís ahora? Ella
no dijo nada. Entre los dos corrieron de nuevo hacia
el lugar elegido el sillón, la mesa de la computadora
y la biblioteca. Pasaron el resto de la noche en
silencio, tal vez pensando en lo bueno que hubiese
sido creer en fenómenos paranatruales, en señales
milagrosas, en Dios. Pero nunca habían tenido esas
inclinaciones y no les pareció correcto
echarse atrás. La
manía de los muebles de correrse como si fueran
soldados dando un paso al frente, fue extendiéndose
lentamente con
el correr de los días hacia las otras habitaciones
del departamento. Solo quedaron a salvo los artefactos
que estaban amurados a la pared. Las sillas del
comedor, la mesa, los sillones para las visitas, la
heladera, todo parecía estar atacado por la extraña
costumbre de alinearse en un caprichoso sitio. Cuando
comprobaron que la cama y el escritorio de Lucas también
se habían contagiado, mandaron al niño a vivir a la
casa de los abuelos paternos. Un
día Julio, cuando
regresaba del trabajo, se detuvo frente al edificio.
Observó la
larga estructura con detenimiento, buscando alguna
hinchazón a la altura de piso donde estaba emplazado
su departamento. Pero no encontró nada fuera de lo
normal, ninguna seña que confirmara el presentimiento
que había tenido: tal vez no fueran los muebles los
que se corrían sino que eran las paredes la que se
alejaban de los muebles. Aquella
noche convino con Elena en que ya no volverían a
poner las cosas en su lugar cuando se corrieran de su
sitio. Querían saber hasta donde eran capaces de
llegar. Además estaban cansados de aquel juego
obstinado de empujar sillas, mesas, camas, a lugares
donde evidentemente no querían
estar. Dejarían que fuesen donde quisieran;
tal vez se cansarían
de andar a tientas y locas por la casa y volverían
a comprender el valor de la normalidad. Dos
noches más tarde el departamento era un desquiciado
caos. En la cocina, la heladera se apretujaba contra
la mesa de formica, la que a su vez presionaba a las
sillas donde se sentaban a desayunar. En el centro del
comedor mesa, sillones y la mesita del televisor
conformaban una masa uniforme de madera. Y en los
cuartos las camas pugnaban contra roperos y en la
pieza donde todo había comenzado, la biblioteca, el
sillón de cuero negro y la mesa de la computadora
convivían de lado, apretujados, inservibles. Acostados
en la cama matrimonial y con el armario pegado a los
pies del lecho y con un perchero limitando el lateral
derecho, Julio y Elena oyeron más allá de los
sonidos de siempre, un crujido frenético y constante.
Parecía como que los muebles deseaban seguir
avanzando pero que al encontrarse con un obstáculo
que se los impedía, se enojaban, desbordados por una
furia sorda ante la voluntad que se les negaba. Elevando
apenas el tono de voz por encima del la cólera de los
muebles, Julio dijo: -
¿Te das cuenta que lejos están ahora las paredes? Elena
no contestó. Al cabo de unos cuantos minutos, emergió,
angustiada, de un ensueño: -
Si es así,
dentro de poco este departamento será un
espacio infinito... Deberíamos irnos o comprar otros
muebles – Se incorporó en la cama y se apoyó cobre
su codo izquierdo; Julio sintió la respiración
ansiosa -: ¿Qué vamos a hacer? -
Esperar -
¿Que?- - Que todo vuelva a acomodarse. Es cuestión de tiempo. Hay que tenerles paciencia. |
Página de inicio / Antecedentes / Obras / Entrevistas / Concursos / Noticias / Links / Taller literario / Contacto