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AUTOR |
TITULO DE LA OBRA |
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Edna Pozzi |
No tenia casa, .. |
“....Y
recostole en un pesebre
porque
no había lugar para ellos
en
la posada” Evangelio s/ San Lucas
Tomó el colectivo 60 y después el 317 y después el 29 para poder llegar a Castelar, porque una amiga le había dicho que había una casa ocupada donde tal vez podrían darle una pieza. Se llamaba María Montes y había venido de Tucumán buscando emplearse de doméstica y de paso conseguir un alojamiento más o menos decente. Tenía un embarazo avanzado y le calcule, no más de 20 años. Esto lo supe después, cuando tocó el timbre de mi casa y me preguntó si necesitaba alguien para baldear los pisos y déme una mano, doña. Estaba parada con su vientre enorme apoyada en el alfeizar de la casa y me miraba con unos ojos grandes y húmedos. Espere acá, le dije, pero todos los de la casa opinaron que era peligroso que la dejara entrar y quizá estaba en combinación con algun novio o marido que con ella adentro se colaría para el saqueo o el asesinato. Tenían razón, claro. Así que le di diez pesos y escuché su mínima historia y le dije que cualquier cosa, vuelva mañana, le dije. Se me cruzó mi juventud y montoneros y comenzé a pensar en lo que la vida hace con la gente y vi, me vi muy claro en el monte tucumano, ¿hace cuantos años? y mis manos de veinte años sosteniendo una metralleta. Gente para salvar es lo que sobra, así que deseché rápidamente estos pensamientos. Al otro día estaba ahí, apoyada en el alfeizar. Viajé de gusto, dijo. No había lugar. Detrás mío la prima Elisa tiraba de mi manga para hacerme entrar en la casa, lo que me dio mucha rabia. Me desprendí de sus manos huesudas y le dije a María que le iba a prestar el garaje por unos días. Le daré una cama, dije y algo de ropa limpia y comida. Hasta que tenga el chico, dije ¿Quién es el padre? preguntó la imbécil de mi prima como si en realidad tuviera alguna importancia. Este o el otro, cualquiera puede ser el padre. La hice callar y no se animó a seguir con el interrogatorio. Bañada y con ropa limpia, María era casi bella, con un pelo negro que le llegaba a la cintura. Entre las dos limpiamos el garaje de trastos viejos y el lugar quedó más o menos confortable. Gracias doña, me dijo un día extendiendo el cobertor blanco que mi abuela había tejido al crochet y que ahora cubría su cama. Alrededor del 20 de diciembre comenzó con los primeros dolores y la interné en la Clínica donde tengo profesionales amigos. Su trabajo de parto había comenzado. Todo se complicó, su anemia, su conformación física menuda, la perdida de sangre. Me llamaron. Dijeron que tal vez había un riesgo de vida y que tratara de no complicarme en el caso ni complicarlos a ellos. Estuve pensando en eso del riesgo de vida. Finalmente amenacé y grité y juré que escribiría en los diarios acerca de esa conducta indigna si abandonaban a María. Soy mala cuando me lo propongo y gritona. El 24 nació el bebé, bastante bien a pesar de las circunstancias. Chiquito, moreno, con los brazos como palillos y un pelo negro aceitoso que le llegaba hasta los ojos. Lo tomé en brazos y le dije a María que era hermoso –lo que no era en absoluto cierto- pero se negó a tomarlo y miraba obstinadamente para la pared. Creo que en ese momento lo supe. Le expliqué a mi amigo pediatra quien resolvió alimentarlo con leche de vaca. María se negó obstinadamente a ver al bebé. Al cabo de tres días de internación, tomó mi mano y dijo que le llevara la ropa, que ella se iba a Tucumán. Algún día, cuando consiga casa, volveré a buscarlo. Y yo le dije que estaba bien. Que hasta que ésto sucediera, yo se lo cuidaría. No fuimos muy originales, lo llamamos Jesús María, por la Navidad y el nombre de su madre. Cuando llegamos a casa, la infradotada de mi prima había comprado una cuna llena de tules, como para un infante de la Corona Española. El muchachito parecía un muñeco negro y dulce en medio de tanta paquetería. Lo miré y sentí el ardor de las lágrimas en los ojos. No era yo quien lloraba. Era la muchacha de veinte años que quería salvar al mundo y a su pobre gente. Era la muchacha perdida, inevocablemente perdida en la bruma, en las maldades de los años. Así que me incliné sobre el bebé y le dije, Vas a tener que trabajar duro para conseguirle una casa a tu madre. Y me parece que escuchó. Porque hizo un gesto con la boca que parecía una sonrisa. O me habrá parecido, no sé.
EDNA
DE FIN DE AÑO
Cada
fin de año
ella,
que es una doncella fina
y
levemente azul
lleva
de un lado a otro de la costa
un
pan de almendras
y
un cántaro de vino.
Generalmente
atardece
porque
sus días son ya crepusculares
y
con cenizas sueltas
pero
ella corre con el último resplandor
-si
vieras que hermosa su falda azul-
con
ese pan tierno
que
cruje a cada movimiento
como
si contuviera pétalos de viento
o
sonajeros.
Cada
fin de año.
Y
es que en la otra orilla
están
los torvos y
dulces queridos
-pobres
queridos-
olvidándose
de su cara de tierra quemada
que
en el Incanato, hace mil años,
resplandeció
bajo la tiara de oro y plata
y
entrecerró los gruesos párpados
para
mirar el aguila sonora
allá
en lo alto
-que
insobornable y feroz esa altura
ahora
que los vientos soplan a ras
de
los huesos lavados y las hojas maceradas-.
Casi
nunca la esperan
esos
queridos soberbios y frágiles
que
atraviesan la solitaria playa
entre
canciones
pero
se alegran –oh, como se alegran-
cuando
la fina doncella
levemente
azul
llega
gritando a través del rió
con
su pan
que
encierra las alas de las gaviotas
y
el frescor de los nísperos
y
un metal radiante
que
es casi una harina sacramental
tan
fervorosa llega
que
hasta parece que suenan las campanas
por
su fuerza, digo
por
lo que ella tiene de maravilloso
en
un solo instante
una
fugacidad
una
perla de agua antes de la sed.
Entonces
se sientan a escucharla
los
torvos queridos
y
hasta trenzan y destrenzan una soga de plata
que
tiene gotas de almíbar
y
a veces suelen sonreír.
Cuando
ella lleva de un lado a otro de la costa
el
pan de almendras
apresurándose
para que la
muerte no la alcance.
Edna Pozzi.-
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