(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA

Edna Pozzi

No tenia casa, ..

NO TENÍA CASA

 

“....Y recostole en un pesebre

porque no había lugar para ellos

en la posada” Evangelio s/ San Lucas

 

Tomó el colectivo 60 y después el 317 y después el 29 para poder llegar a Castelar, porque una amiga le había dicho que había una casa ocupada donde tal vez podrían darle una pieza. Se llamaba María Montes y había venido de Tucumán buscando emplearse de doméstica y de paso conseguir un alojamiento más o menos decente. Tenía un embarazo avanzado y le calcule, no más de 20 años. Esto lo supe después, cuando tocó el timbre de mi casa y me preguntó si necesitaba alguien para baldear los pisos y déme una mano, doña. Estaba parada con su vientre enorme apoyada en el alfeizar de la casa y me miraba con unos ojos grandes y húmedos. Espere acá, le dije, pero todos los de la casa opinaron que era peligroso que la dejara entrar y quizá estaba en combinación con algun novio o marido que con ella adentro se colaría para el saqueo o el asesinato. Tenían razón, claro. Así que le di diez pesos y escuché su mínima historia y le dije que cualquier cosa, vuelva mañana, le dije. Se me cruzó mi juventud y montoneros y comenzé a pensar en lo que la vida hace  con  la gente y vi, me vi muy claro en el monte tucumano, ¿hace cuantos años? y mis manos de veinte años sosteniendo una metralleta. Gente para salvar es lo que sobra, así que deseché rápidamente estos pensamientos. Al otro día  estaba ahí, apoyada en el alfeizar. Viajé de gusto, dijo. No había lugar.  Detrás mío la prima Elisa tiraba de mi manga para hacerme entrar en la casa, lo que me dio mucha rabia. Me desprendí de sus manos huesudas y le dije a María que le iba a prestar el garaje por unos días. Le daré una cama, dije y algo de ropa limpia y comida. Hasta que tenga el chico, dije ¿Quién es el padre? preguntó la imbécil de mi prima como si en realidad tuviera alguna importancia. Este o el otro, cualquiera puede ser el padre. La hice callar y no se animó a seguir con el interrogatorio. Bañada y con ropa limpia, María era casi bella, con un pelo negro que le llegaba a la cintura. Entre las dos limpiamos el garaje de trastos viejos y el lugar quedó más o menos confortable. Gracias doña, me dijo un día extendiendo el cobertor blanco que mi abuela había tejido al crochet y que ahora cubría su cama. Alrededor del 20 de diciembre comenzó con los primeros dolores y la interné en la Clínica donde tengo profesionales amigos. Su trabajo de parto había comenzado. Todo se complicó, su anemia, su conformación física menuda, la perdida de sangre. Me llamaron. Dijeron que tal vez había un riesgo de vida y que tratara de no complicarme en el caso ni complicarlos a ellos. Estuve pensando en eso del riesgo de vida. Finalmente amenacé  y grité y juré que escribiría en los diarios acerca de esa conducta indigna si abandonaban  a María. Soy mala cuando me lo propongo y gritona. El 24 nació el bebé, bastante bien a pesar de las circunstancias. Chiquito, moreno, con los brazos como palillos y un pelo negro aceitoso que le llegaba hasta los ojos. Lo tomé en brazos y le dije a María que era hermoso –lo que no era en absoluto cierto- pero se negó  a tomarlo y miraba obstinadamente para  la pared. Creo que en ese momento lo supe. Le expliqué a mi amigo pediatra quien resolvió alimentarlo con leche de vaca. María se negó obstinadamente a ver al  bebé. Al cabo de tres días  de internación, tomó mi mano y dijo que le llevara la ropa, que ella se iba a Tucumán. Algún día, cuando consiga casa, volveré a buscarlo. Y yo le dije que estaba bien. Que hasta que ésto sucediera, yo se lo cuidaría. No fuimos muy originales, lo llamamos Jesús María, por la Navidad y el nombre de su madre. Cuando llegamos a casa, la infradotada de mi prima había comprado una cuna llena de tules, como para un infante de la Corona Española. El muchachito parecía un muñeco negro y dulce en medio de tanta paquetería. Lo miré y sentí el ardor de las lágrimas  en los ojos. No era yo quien lloraba. Era la muchacha de veinte años que quería salvar al mundo y a su pobre gente. Era la muchacha perdida, inevocablemente perdida en la bruma, en las maldades de los años. Así que me incliné sobre el bebé y le dije, Vas a tener que  trabajar duro para conseguirle una casa a tu madre. Y me parece que escuchó. Porque hizo un gesto con la boca que parecía una sonrisa. O me habrá parecido, no sé.


EDNA DE FIN DE AÑO

 

Cada fin de año

ella, que es una doncella fina

y levemente azul

lleva de un lado a otro de la costa

un pan de almendras

y un cántaro de vino.

Generalmente  atardece

porque sus días son ya crepusculares

y con cenizas sueltas

pero ella corre con el último resplandor

-si vieras que hermosa su falda azul-

con ese  pan tierno

que cruje a cada movimiento

como si contuviera pétalos de viento

o sonajeros.

Cada fin de año.

 

Y es que en la otra orilla

están  los torvos  y dulces queridos

-pobres queridos-

olvidándose de su cara de tierra quemada

que  en el Incanato, hace mil años,

resplandeció bajo la tiara de oro y plata

y entrecerró los gruesos párpados

para mirar el aguila sonora

allá en lo alto

-que insobornable y feroz esa altura

ahora que los vientos soplan a ras

de los huesos lavados y las hojas maceradas-.

 

Casi nunca la esperan

esos queridos soberbios y frágiles

que atraviesan la solitaria playa

entre canciones

pero se alegran –oh, como se alegran-

cuando la fina doncella

levemente azul

llega  gritando a través del rió

con su pan

que encierra las alas de las gaviotas

y el frescor de los nísperos

y un metal radiante

que es casi una harina sacramental

tan fervorosa llega

que hasta parece que suenan las campanas

por su fuerza, digo

por lo que ella tiene de maravilloso

en un solo instante

una fugacidad

una perla de agua antes de la sed.

 

Entonces se sientan a escucharla

los torvos queridos

y hasta trenzan y destrenzan una soga de plata

que tiene gotas de almíbar

y a veces suelen sonreír.

 

Cuando ella lleva de un lado a otro de la costa

el pan de almendras

apresurándose para que la muerte no la alcance.

 

 

                                              Edna Pozzi.-

 

 

 

 


 

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