(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA

Fernando Lobaina

Varios...

 
PRESAGIO
A Margarita García García
La avanzada noche forzó la despedida.
- Hasta mañana.
- Que descanse, abuelita.
Y el deseo del nieto invocó, con sutileza, la fatalidad.
Oaxaca, México. Noviembre de 2005.

METAMORFOSIS
A Pilar.
Al llegar, el jardín estaba completamente destrozado. El luto y el dolor asomaron  como grietas en  el corazón de toda la familia; sangraban por dentro. Aquel jardín, que durante años alimentó el orgullo y la vanagloria familiar, estaba a punto de desaparecer. Las evidencias del destrozo eran recientes; como reciente era el odio desbordante en aquellas miradas. Con determinación, se ordenó la búsqueda del malhechor. Cegada por la rabia y el dolor, toda la familia estuvo de acuerdo: no habrá perdón para la vida del culpable. Con aquella decisión se  develaba el manto de aparente benevolencia, para mostrar el verdadero rostro intransigente, siniestro y cruel de la familia. Una vez más.  << Sin piedad, sin perdón. >> Y comenzó una búsqueda implacable, con sed de venganza. Pero el jardín era inmenso y la persecución se prolongaría durante varios días. Él, después del destrozo, permaneció inmóvil, en espera. Mas la espera fue larga y tranquila; y durmió, y soñó que crecía hasta romper su envoltura, que se transformaba, que le salían alas, que podía volar… Terminada la espera, abandonó su refugio en un bello amanecer, mientras la familia dormía sin remordimientos de conciencia. 
Oaxaca, México. Julio de 2005.

 
LAGRIMAS NEGRAS
Después de varios siglos; la Actualidad, cada vez más efímera, comenzó a rezagarse y el Pasado le dio alcance. Él, aterrorizado por la posteridad, venía dispuesto a crear vida y apremiado la penetró. Se gestaba así el Futuro, entre el ahora y el ayer. Ya pública, la noticia corrió como pólvora, de boca en boca, de diario en diario; y las reacciones fueron diversas. << El mañana será próspero, será dudoso, será funesto…>>, y se habló de ecología, del calentamiento global, de la endeble capa de ozono… ¿Qué pasará con la criatura?, era la pregunta obligada; y se generó temor por el aborto y la posible muerte del descendiente. La humanidad, preocupada por el desenlace, apeló a la religión, a tratados internacionales, a partidos verde, al desarrollo tecnológico… Asustados por los riegos llegaron los ascendientes; él, el antepasado y ella, la prehistoria; y se presentaron corteses pero ya unos los desconocían y otros fingían el olvido. Mientras tanto, el Pasado seguía alarmado por su vástago y la Actualidad preparaba el alumbramiento. Al acercarse la fecha del advenimiento, algunos propusieron llamarla Eternidad; unos más conservadores seguían aferrado al tradicional Futuro; otros más radicales, ni eso. En medio de estos debates y ante del tiempo previsto, llegó el día esperado. El parto fue lento, difícil, y asistido con la última tecnología. Y nació el Futuro,  raquítico y prematuro; no saludable ni promisorio como vaticinaban algunos. Tras el  bendecido nacimiento todos quedaron atónitos: para sorpresa de los presentes,  a la tan esperada criatura no hubo que provocarle el llanto. Al llegar, ya lloraba a cántaros. La desesperación fue gigantesca, pues no se sabía si aquel llanto incontrolable era  un alentador síntoma de vida o  un simple presagio de  muerte…
 Y dicen los que lo han visto, que aún hoy, el tan esperanzador Futuro continúa envuelto en lágrimas negras sin que nadie sepa, con exactitud, cómo acallar su llanto. 
Oaxaca, México. Diciembre de 2005

ENVEJECIMIENTO  INVOLUNTARIO
Y llegó el tiempo hecho persona. Enojado, estiró sus largas manos, y con sañas, le estrujó el rostro a aquella preciosa mujer que se empeñaba en desafiarlo, desde hacía algunas décadas, apelando a las fantasiosas cremas rejuvenecedoras que anunciaban en la televisión.
Cancún, México. Diciembre  2005.

MUERTE A LA VISTA
Confesiones del alma. Después de un largo encierro hasta las bondades molestan, y en verdad, ya él no tenía mucha, pero éramos una misma cosa, un mismo engendro al que llamaban persona. M e tenía encerrada en él, pero nuestra unión siempre fue placentera, en la buenas y en las malas y siempre trató de mantenerme limpia y pura. Pero en los sinuosos caminos de la vida, un tropiezo aparece por doquier. Y tropezamos. Los síntomas eran evidentes y el diagnóstico fatal. Después de aquello todo se tornó irresistible, pero estaríamos juntos hasta el final. Pero el camino pareció más corto. Ambos tratamos, hicimos lo imposible, pero él nunca lo superó. Y aquella mañana, tras ese grito de espanto, todo cambió de repente. Así comprendí que el alma no escoge al cuerpo, se prende a él por voluntad divina y queda unido hasta que con la muerte se desprende el broche natural y el alma vuela hasta el más allá a reunirse con el resto de las almas, porque la carne es pasajera, pero yo soy eterna.  Y después de tanto encierro estaba a yo punto de volar y volaría…
 
Soñar no vale nada. Jesús tenía los ojos tan grandes que cada mañana al abrirlos se le llenaban de más realidad de la necesaria para considerarse despierto. Pero en aquel amanecer, tras el aparatoso despertar, la realidad depositada en sus enormes ojos le pareció escasa. << Esto es una mala señal >>, pensó. El sueño había sido tan asfixiante, que la escasa realidad matinal que podía palpar se había quedado sin oxigeno, y él la sentía como pequeños granos de arena en el amplio desierto de sus ojos. Estaba asustado pero despierto y eso era lo importante. Pues había logrado escapar con vida de un sueño tan amargo que al despertar aún conservaba intacto aquel amargor en su garganta. Pero hoy la realidad era poca porque aún estaba latente la realidad del sueño y trató de recordar... La noche anterior, como de costumbre, acomodó su cabeza en una fina almohada para que el sueño fuera ligero. Pero fue sorprendido por la telaraña de un sueño tan envolvente que fue reduciendo poco a poquito sus movimientos hasta quedar completamente atrapado en otra realidad. Y allí quedó, envuelto como gusano en capullo, durante más de una semana amenazado por un raro animal. Tras un descuido, logró romper unos de los hilos que lo ataba  y corrió con todas sus fuerzas residuales hasta trascender el oscuro límite del sueño  y llegar a la clara realidad da la mañana siguiente; y al despertar recordó que llevaba años soñando el mismo sueño cada noche, por eso cada días con maniática obsesión, limpiaba los rincones de telarañas. Y despertó lleno de sensaciones. Después de esa semana soñada tenía sed y hambre;  su cuerpo estaba al borde de la deshidratación. Sentía una inmensa resequedad en su garganta de tanto correr, y su respirar era atropellado y su nariz era tan fina y angosta que lo pinchaba todo al respirar, y ese escaso aire lastimado lo sentía sangrar en sus pulmones.  El sueño en esas condiciones había sido tormentoso y la realidad a la que arribó, también. Y Jesús tan asustado, con aquel par de ojos comenzó a ver más allá de la realidad y su mirada era larga y tan lejana que el infinito parecía brotar de sus ojos.  Aunque parezca  imposible, trató de abrir más sus ojos quería contactar más realidad. La desilusión lo envolvió. La poca realidad tenía el color soñado y las cuadros en las paredes tenían una tristeza que espantaba. Entonces comprendió que la esencia de su sueño era la muerte. Su propia muerte. El sueño había invadido la realidad y ya no había vuelta a tras. Tratando de abrir los ojos para llenarse de realidad y su sueño se hacía más visible. Y brotó de sus ojos y comenzó a entretejer la realidad  como una telaraña indestructible para quedar atrapado en su propio sueño. Sentía que se ahogaba y con sobresaltos, abrió la ventana para gritar y la vida le pareció tan distante que el horizonte le brotaba de los ojos.  Y gritó, gritó, gritó. Al gritar le pareció que se le escapaba el alma y en sus  grandes ojos volvió a sentir el sabor amargo de sus sueños… 
 
Muerte a la vista. << De todas manera vas a morir. Todos tenemos el mismo destino. Pero no te preocupes, eso será dentro de muchos años >>, respondió complaciente mi madre ante unas de mis insistentes e ingenuas   preguntas infantiles. Y desde entonces comencé a disfrutar mi vida en todo su esplendor, sin temor a su final que se veía lejos, más allá del horizonte. Pero las realidades de la vida ponen límites a la felicidad. << Tienes un cáncer en fase terminal, en realidad te queda poco tiempo de vida >>, respondió un tanto molesto el doctor ante mis insistentes e inapropiadas preguntas de adulto. Y desde entonces comencé una desesperada lucha por alejar la muerte, sintiendo temor por el final, al cual sentía pisándome los talones. El problema ya no era solamente morir, sino la forma en que me había tocado. Era un final deshonroso, pues se dice que la muerte entra y sale por la parte del cuerpo que la provoca, y yo padecía un cáncer de colon. << Es la peor muerte que puedo merecer >>, me decía. Y pensar que el último aliento me entraría por detrás me aterraba, pues merecía morir como el hombre integro que siempre fui. Y llegó el miedo, la desesperación y los terribles dolores, y eran tan seguidos, que  por momentos me parecían familiares. << El diablo está haciendo su labor >>, me repetía constantemente, y una tarde lo comprobé. Algo desconocido comenzó a rondarme, y mi temor por el final anunciado se hizo insoportable. Tembloroso me cambié de ropa, de cuarto y hasta de casa, mas todo fue en vano. Me resistía a esa entrega obligatoria y natural, pero los  dolores eran tan intensos e insoportables, y aunque era difícil sobreponerme, siempre clamé por la vida. Pero aquella sombra parecía no escuchar y cobraba forma a cada instante. << Indudablemente, es la muerte >>, me dije. Contrario a lo que esperaba, no era de color negro; sino de color blanco nubloso, y crecía, y tomaba forma con el tiempo. Al mes siguiente, cuando el dolor era insoportable y quebrantaba en mis los  residuos de hombría, ya su tamaño no cabía en la habitación y aunque volteaba la cabeza, allí estaba aquella sombra blanquecina para llenarme la  mirada. Sabía que era el final, no había dudas. Días después, al despertar, ya no podía ver nada más que aquella  cosa blanca que llenaba la habitación y embotaba tanto mis grandes ojos que ya no divisaba nada. Y entonces, mi miedo a la muerte se hizo superior a mi dolor y grité, grité, grité…
 
<< No se preocupe abuelito todavía le queda un poco vida, sólo que las cataratas le han quitado, completamente, la visión >>, me pronosticó complaciente el médico ante mis insistentes y desesperados gritos de ancianos. Esa noche dormí tranquilo y mi alma me volvió al cuerpo.
 
Oaxaca, México. Noviembre de 2005

 
MISERIAS HUMANAS.
Después de treinta años, don Joaquín Alcántara seguía siendo uno de esos hombres que había nacido con el pie izquierdo, y aquella tarde, una simple ojeada de la mirada más inexperta lo podía comprobar. Precisamente en aquel lluvioso atardecer cumplía tres décadas de haber llegado a este mundo con una sola pierna. El parto del primogénito fue normal, a pesar de ser un hijo buscado ardientemente en el fuego de la juventud y recogido con resignación entre las cenizas de la vejez. Al nacer, su pierna derecha se extendía  con toda naturalidad para detenerse abruptamente allí, a tres centímetros más allá de la rodilla. De esos centímetros en adelante crecía un vacío inmenso, como el que siempre alimentó en su interior durante toda la niñez. Doña Francisca, su anciana madre, trataba de llenarle aquel vacío con sus sabios consejos: << Dios sabe porqué hace las cosas…>>, pero él siempre albergó la duda. Por eso, de pequeño quiso ser cura para poder hablar con Dios Jehová, y conocer de boca propia el porqué de aquella limitación que consideraba una sanción celestial. Fue en la adolescencia cuando, tras una simple ojeada de su inexperta mirada, comprendió a plenitud uno de los consejos materno: << El Señor da y el Señor quita >>; lo había despojado de parte de su pierna, mas lo había recompensado con unos grandes genitales, que germinaba en su entrepiernas y se extendía con toda naturalidad y sin limitaciones para detenerse abruptamente  allí,  a tres centímetros por encima de la rodilla de su limitada pierna derecha. En la niñez la ingenuidad lo contamina todo, y para entonces él prefería su pierna completa, sin compensación alguna; pero la realidad que trabaja en silencio se encargó del desengaño y años después, al usar por vez primera aquel atributo, desengañado lamentó no tener su pierna derecha más corta y una mayor compensación divina. En aquellos día su madre rezaba por los rincones: << Nadie está de acuerdo con lo que tiene >>.  Con los años comprobó que su dote tenía el tamaño exacto del vacío que completaba su pierna, desde entonces se consideró un hombre íntegro y su vacío interior desapareció para siempre. Pero ése no fue el único don recibido, por si fuera poco, fue dotado de una inteligencia tan aguda que generaba sorpresas. Sus sorprendidos padres no demoraron en reconocerle ese don y muy pronto el niño, con facilidad y ternura, comenzó a llenarse de sabiduría, lo que provocó que  sobrevalorara  esa cualidad y la considerara la mayor de todas las virtudes. Los resultados eran evidentes y reconfortantes, por eso estuvo apelando a una sola de sus cualidades divinas durante más tiempo del necesario. Hasta que a la edad de veinticinco años, en un lluvioso atardecer, dio uso a su otra bondad divina, y fue tanta la conmoción  y tan estimulante la experiencia que años después, convertido en un empedernido mañoso dejaba a un lado a la tan bendecida inteligencia.
 
Todo comenzó una lluviosa tarde cuando la joven Gloria le pidió al ignorado Joaquín que le ayudara a abrir la puerta de su casa antes de que arreciara el temporal. Ignorando los antecedentes, el joven, que siempre sintió repulsión por aquella muchacha de fácil entrega, accedió galante y apeló a su sabiduría para demostrarle que no era un ser inferior. Seguro de que la inteligencia era la única arma que le ayudaría a abrir todas las puertas en la vida, comenzó trastear la cerradura. Tras un largo rato de tropiezos, Joaquín por primera vez se vio obligado a apelar a la maña, hasta que consiguió el éxito bajo aquella llovizna pertinaz que le ablandaba el corazón.  
 
- Gracias joven, que Dios se lo pague- dijo con cierto desprecio en la voz y un poco de malicia en la sonrisa. Tiempo después comprobó que Dios ya le había pagado al joven por todas las cerraduras que abriría en su corta vida.
 
Joaquín quedó flechado con aquella sonrisa y sólo atinó a balbucear –Ojalá que algún día pueda abrir la puerta de tu corazón-. Y así de sencillo comenzó un complejo tormento.
 
Doña Francisca fingiendo demencia, se preguntaba a cada instante quién era la tan mentada Gloria. Y sin desearlo, las respuestas llegaban de todas partes y a cada instante. << Al que no quiere caldo se le dan tres tazas >>, se decía con resignación, pues ella conocía perfectamente a aquella bella joven con modales de tormenta. Gloria era el fruto de un tormentoso encuentro de adolescentes llenos de deseos, que terminó en un  matrimonio no deseado que  se desbordó antes del tiempo establecido por Dios. Y llegó el nada esperado fruto del encuentro. Un fruto prematuro, raquítico y con una cabeza tan pequeña que parecía hipocefálica. Con el tiempo, los primerizos pero acomodados padres le tomaron cariño a la criatura y la llenaron de cuidados y lisonjas. Por desconocimiento la sobrealimentaban para acelerar su crecimiento, pero los progresos eran escasos.  A pesar de todo el fruto creció y a los veinte años, Gloria tardó veinte segundos en admirar que su pequeño cuerpecito se había llenado de las abultadas ondulaciones, que la convertían en un apetitoso fruto: dos grandes pechos que tenían como contrapesos dos grandes nalgas, colgadas a una muy pequeña cintura para un equilibrio perfecto. Todo se le hizo abundante pero su pequeña cabeza nunca creció; de ella sólo germinó una abundante cabellera, abundantes complejos y una abundante dosis de picardía femenina para seducir. Dos años después su ondulante cuerpecito dio el último estirón y se detuvo abruptamente allí, a tres centímetros por debajo del metro y medio.  Aquel detenimiento en el crecimiento del fruto le produjo un complejo de inferioridad tan intenso, que a partir de entonces los zapatos de altos tacones se convirtieron en su prenda más codiciada. Y  Gloria convertida en atractiva manzanita de mercado comenzó a rodar de mano en mano sin cansancio, para luego ser apartada cual fruto podrido. Cuando ya no había mano nueva donde rodar, aparecieron las vírgenes manos  de Joaquín y le propuso matrimonio, mas las grandes ideas no cabían en una cabeza tan pequeña. Pero en el decir de doña Francisca estaba la razón: << Tanto va el cántaro a la fuente…>>; y el joven Joaquín apeló nuevamente a sus escasas mañas para burlar las cerraduras y lograr traspasar la puerta de un corazón ajeno. Años atrás, la mollera del joven era invadida continuamente por pensamientos turbios, que como flechas envenenadas, apuntaban a la vejez de sus padres como causa única de su turbia limitación; mas poseído por la razón no realizó disparo alguno, conservando intacto su arsenal. Ahora todo era cuestión de estrategia, trocar el veneno de la culpa por veneno de amor y disparar, poco a poquito, su amplia reserva de flechas al corazón de su pequeña diosa; luego el veneno, poquito a poco, iría haciendo reacción.  
 
En corto tiempo, y a pesar de la oposición de ambas familias, la desaprobación de los amigos y la apatía de todos en aquel ruidoso pueblo que se reflejaba en el habla de doña Francisca: << Pueblo chiquito, infierno grande >>, los jóvenes se entregaron al matrimonio civil para legitimar la unión; luego al religioso para que sus lazos tuvieran amarres eternos. Jura don Joaquín que esa primera noche no le fue necesario ser cura para hablar con Dios  y que al hacerlo no le preguntó por el origen de su limitación,  y sólo se limitó a darle gracias por tantas bondades recibidas. Aquella primera entrega entre las criaturas fue placentera y  al día siguiente la gran felicidad no cabía en la pequeña habitación. Al fin, el joven había probado el fruto prohibido y su extraño sabor no se le apartaría de su garganta jamás. << He conocido la gloria >>, se repetía en silencio. Desde esa esplendorosa mañana, la manzanita quedó colgada de una nueva rama con tanto gozo, que de los escasos pensamientos que le daban vueltas en su cabecita, se borraron aquellos que consideraban a su amado ser una  criatura inferior, y en su lugar apareció un nuevo complejo: el temor a que hubiera en el calendario un lluvioso día, en el que ella dejara de rodar en las, ya no vírgenes, manos de don Joaquín Alcántara. Por eso aquella mañana, con una actitud esplendorosa, rompió el almanaque con  el falso pretexto de detener el tiempo.
 
Él estaba pleno por su recién estrenado dote, y admirado por los excesos lujuriosos escondidos en las ondulaciones de su pequeña esposa. Ella, también plena por haber descubierto las estrellas, y admirada por tener un esposo tan abundante. Desde ese día, ella se sintió una manzana madura perfectamente atravesada y él, su Robin Hood certero. Desde entonces el más leve roce entre ambas criaturas terminaba en unas ardientes escenas que rompían todas las leyes de las teorías de los pronósticos. Y las escenas llenaron  sus días, sus noches, sus meses y sus años.
 
Con aquellas escenas diarias, la manzanita se sentía como fruta en almíbar, y se fue llenando de vida hasta que se abultó su vientre. Con el crecimiento de su panza el mal empezó a crecer y los fuertes lazos de aquella endeble unión comenzaron a aflojarse. En  doña Gloria Burruchaga crecía el deseo de que su criatura tuviera la estatura que ella no tuvo, que su belleza  exterior fuera extrema, y sólo eso. En  don Joaquín crecían los deseos de que su descendiente tuviera bien armado para la vida, como dijera su madre: << Hijo de maja sale pinto >>. En los abuelos crecía la inseguridad y la distancia. Los maternos, rezaban todas las noches para alejar de su nieto al gen de la discapacidad y la pobreza. Los paternos, encendían una vela todos los días para acercarle al nieto el gen social de las buenas normas morales. Joaquín, que desde niño había sembrado lástima entre los pueblerinos por sus carencias; ya de grande, por sus excesos, se había  adueñado de aquel entretenimiento carnal que ya era patrimonio de todo el pueblo. La indignación corría en bocas masculinas pero la tranquilidad se guarecía en las bocas femeninas matrimoniadas. En el pueblo, ya en penumbras, nubes de dudas no dejaban clarificar la paternidad de la criatura que estaba por llegar. Sólo José María, el único ciego en el pueblo no estaba en contra de la unión, y parafraseando a doña Francisca sentenciaba: << Ojos que no ven, corazón que no siente >>. Y entre la distancia de los abuelos, la desaprobación y murmuraciones de los pueblerinos, las vanidades y complejos de doña Gloria, y don  Joaquín con el sexo y sus excesos; Dios se hizo a un lado y dejo correr el destino.
 
Y se rompió la fuente, y para más complacencia nacieron dos criaturas.  Llegaron a este mundo, en un día sin señales de lluvia, dos niños naturales y con evidentes excesos. Don Joaquín al verlos se rebosó de orgullo y de licor; y para desvanecer la sombra de la duda, repetía en cada una de las esquinas del pueblo: << Esos niños llevan la pinta del padre >>. Por el contrario, doña Gloria quedó frustrada por la ausencia de féminas entre sus descendientes y para remate, en los niños no se dibujaba ni el más mínimo de los rasgos maternos. Desde entonces, para compensar,  necesitó más altos los tacones de sus zapatos. Después del nacimiento, la distancia nació entre los padres y creció entre los abuelos, pero la normalidad llegó al pueblo.  Y aquel  matrimonio de lazos  sueltos siguió llenándose de escenas ardientes, pero ya los actores no eran los mismos. Ella se precipitó de la rama que colgaba, cual fruto podrido, y a escondidas continuó siendo una codiciada manzanita de mercado. Él, cual Robin Hood certero, empezó a disparar flechas envenenadas a corazones ambulantes, y en poco tiempo, ya en su rama florecían nuevos frutos.
 
Años después, cuando los dos niños corrían y jugueteaban contaminados de ingenuidad, y formando gran algarabía; en el pueblo ya no se escuchaba ni el más insignificante de los murmullos de antaño, pero se rumoraba uno nuevo. Según las malas lenguas, a pesar de los evidentes excesos viriles para la corta edad, eran tan palpables los genes  femeninos en las criaturas que en vez de recordar al padre, evocaban a la madre; y se manifestaban con tanta gracia y naturalidad, que su centenaria abuela al verlos siempre tenía ánimo para una sentencia más: << Cuando el mal es de cagar no valen guayabas verdes >>.
 
Oaxaca, México. Marzo 2006.
 

 JURAMENTO DE LOS INFIELES
<< Esta es mi muerte. >>
Pedro Páramo.
Juan Rulfo.
 “Hasta que la muerte nos separe”, juró ante el altar. Y cumplió su promesa. Brindó conmigo y se fue con otro.
 Oaxaca, México. Junio 2005.

PRIMICIA
El auto terció lentamente y se incorporó a una amplia avenida de doble vía, separadas entre sí por una estrecha franja de jardín, completamente florecido; donde las mariposas se perdían en una  amalgama de colores.
 
¿A dónde vamos cariño? A dar un paseo por la Avenida del Amor, respondió él. Sugerente nombre el de la avenida, ¿no crees? El hombre simuló no entender y continuó prestando la debida atención a la conducción de vehículo. No te animas a hacerle honor a tan sugerente  nombre, repuso ella. Él sonrió y evitó dar una respuesta que engendrara compromiso. Ante el silencio,  ella extendió la mano y la posó en la entrepiernas masculina. Él no opuso resistencia y siguió concentrado en la conducción. La delicada mano acarició la zona, y al no encontrar la más mínima oposición,  abrió la bragueta y comenzó a estimular a aquel pedazo de carne reposado, que ante el más leve  roce dio señales de vida,  estirándose por instantes. Y comenzó, en plana vía pública, un juego de caricias que fue despertando en ambos deseos insospechados. El pudor quedo a un lado y ella se inclinó para ocultar su presencia. En breve introdujo  en su boca, con delicadeza  y profesionalismo, aquel genital de significativas proporciones. Él trató de concentrase en la conducción pero la sensación de placer fue tan grande lo sumergió en un gozo intenso. Sentía rareza al ver como aquella mujer, con facilidad y maña, podía albergar en su garganta tanta masa eréctil; y más allá de hacerlo, lo llenaba de sensaciones indescriptibles. El juego se prolongó y ganó en intensidad. Por mucho que él trataba  de concentrarse en la conducción, no podía evitar que el gozo que producían aquellas succiones, aquellos roces,  aquellos gemidos lentos; le robaran de manera imperceptible toda su atención. Y fue tanto el placer concentrado que los nervios se tensaron más de lo necesario, y la extremidad que terminaba en el acelerador  se saturó de rigidez. Los dos se entregaron plenamente a aquel juego amoroso,  y ya al borde del clímax, no podían advertir que minutos más tarde abandonarían para siempre el placer intenso  para convertirse en noticia; y que en aquella misma estación de radio en la que ahora escuchaban música instrumental ligera,  para hacer más romántico y acogedor el ambiente, se escucharía como primicia del lamentable suceso que estaban a punto de ocasionar.
 
… Noticia de última hora. Aparatoso accidente acaba de ocurrir hace unos instantes, en la Avenida del Amor. Un pequeño coche que circulaba a exceso de velocidad provocó un lamentable accidente al estrellarse contra una manifestación de homosexuales que se concentraba en los alrededores del monumento al amor, para abogar por el reconocimiento legal de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Decenas de manifestantes resultaron heridos de gravedad. Las dos personas que viajaban en el auto murieron en el incidente. El hombre, a causa de una hemorragia incontrolable originada  por una herida en la zona de los genitales; la mujer, murió asfixiada al atragantarse con algo que, al parecer, venía saboreando en el momento del impacto. Esta son las primicias. Más adelante daremos detalles de este lamentable suceso.  
Oaxaca, México. Septiembre de 2005.

LA REENCARNACIÓN
- Alto, alto; si se mueve disparo- gritó el oficial.- No se nueva que puede dañar la  valiosa obra…
 
El joven, temeroso y obediente se arrodilló, apretando con su prodigiosa mano izquierda  el cuadro que portaba, al tiempo que gritaba mirando al infinito. << Misericordia Señor. >>
 
Sin oposición alguna fue detenido, allí, frente al Museo del  Louvre, cuando se disponía a entrar, después de cuatros largos años de intensa labor  allá en su lejana Italia, para comparar su recién concluida pintura con aquella famosa obra, a la que todos llamaban original sin que él comprendiera por qué.
 
Él y su talento fueron confinados durante el largo tiempo que duró la compleja e inconclusa investigación, para luego ser juzgado,  con toda severidad, por una corte internacional de justicia  bajo los cargos de plagio, falsificación de identidad, atentado contra el patrimonio cultural de la humanidad,… Él, en todo momento, se declaró inocente y apeló sin éxito a todas las instancias posibles. Condenado a cadena perpetua, aquel joven reo que decía llamarse Leonardo Da Vinci, se resignó al cautiverio y sólo exigió materiales para continuar con su creación artística. Al inicio les fueron negados, luego concedidos, porque en círculos muy privados se hablaba de una inusual reencarnación, y algunos  esperaban ansiosos la reproducción de La Última Cena.
 
Cuentan que contrario a lo que se esperaba, aquel reo reproducía cada año la misma obra: idéntica, inmensa y tan perfecta que hacía imposible, a los especialistas internacionales, determinar con exactitud cuál de todas era realmente la original. Desde entonces, aquella famosa obra exhibida en el singular museo parisino y resguardada por un panel blindado,  perdió sus todos sus encantos y reposa allí casi olvidada, recibiendo el desprecio de todos los visitantes al ser considerada como una burda reproducción, realizada por alguien que sólo tuvo a su favor el privilegio del tiempo; al pintar a aquella imagen de mujer con una tan enigmática sonrisa, que otrora cautivara la admiración de todo el universo.
Matanzas, Cuba. Diciembre de 2005.

REUNIFICACIÓN FAMILIAR
A mi abuela Francisca.
 
Una mañana de enero los rayos del sol dejaron ver lo imposible. Por mandato divino, toda el agua salada del Estrecho de La Florida había desaparecido. Se allanaba así el camino entre dos pueblos. El alboroto fue incontrolable, y las reacciones no se hicieron esperar. Y cuando los gobiernos de ambas naciones se debatían entre leyes y tratados para regular el flujo migratorio; miles de madres traspasaban el muro del Malecón de La Habana para recoger los huesos de sus hijos, que en el pasado penaban bajo el agua y ahora, por sus ruegos continuos, resplandecían blanquecinos bajo el sol ardiente; sin identidad ni gloria. Cada madre, resignada, adoptó lo encontrado como restos legítimos de sus seres desaparecidos; dispuesta a venerarlo, y entregarlo al descanso eterno, dándole sepultura en su panteón familiar.
 
Esa noche  hubo tranquilidad de espíritu, y toda el agua desaparecida comenzó su retorno a la Tierra a través de las lágrimas. Lloraban los dos pueblos por los horrores del pasado. Desde esa noche, miles de  almas dejaron de penar y hoy reposan con orgullo en suelo patrio.
 
 
Oaxaca, México. Noviembre de 2005.

 

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