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AUTOR |
TITULO DE LA OBRA |
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Juan Carlos Galván |
Buenas perlas, ... |
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Buenas perlas Hay en tus labios la riqueza del sabor, del saber, del poder, de la inmensidad como se extiende en el horizonte un sol cuando adormece el día.
Hay en tus labios el don de la palabra, de consuelo, de esperanza, de alegría y la ventura es entonces el tesoro que cualquiera anhela porque te posee. Hay en tus labios la firmeza de la autoridad, del mando, del reclamo, de la exigencia, cuando las promesas no se cumplen y los pactos se rompen hasta retomarlos de nuevo. Hay en tus labios el placer de descubrir la morfología ignorada de un cuerpo, de un pelo, de unos labios, de un mirar despierto que se abre como el sol, cuando penetra por la ventana y calienta mi piel, la de ambos. Hay en tus labios la bondad, la misericordia, la pasión, el aliento que da vida, porque he descubierto las perlas que de ellos emanan. Hay en tus labios el espíritu que motiva a seguir adelante, nunca atrás, de frente, hacia arriba, empujando, siempre en tu busca. Hay en tus labios el perdón, que es otra forma de secar el llanto, el arrepentimiento, no lastimar, no herir, sólo consolar mi alma. Hay en tus labios la inmensidad que se abre infinita, para recordarme que he nacido y que iré un día a tu lado, a tu presencia, a tu reino, a tu trono, hasta tu palacio y ahí compartir de nuevo, otra vez, ese tu amor infinito que engrandece mi vida, desde que existes tú. Comunicación
Social SOP Tu
cuerpo adormecido Tu
cuerpo adormecido entre mis brazos, tiene
ese lento y apacible respirar que
dicta el vaivén de mis labios
cuando lo recorren. No
hay mejor manera de despertar al día que
mediante mis bajos instintos. Hay
en tu rostro la tranquilidad de
una conciencia infantil que
no debe nada
y nada le atemoriza, párpados
de flor por abrir, senos
que las gotas de rocío dejan por
la mañana, como
un beso. El
pelo se ha ensortijado entre la almohada
y mis dedos, serpentea
y se alarga para ocultar tu desnudez
y protegerte del frío. Son
estas manos las que te dan calor e
inquietan tu sueño
lejos de tranquilizarlo. La
piel se eriza, la
humedad del deseo llega con la mañana a
entorpecer en desvaríos, la
calma que había traído la noche. Desde
la ventana, el
sol inunda tu frente, deja
sus rayos caer
y te cobijan lentamente
l
e
n
t
o
s conforme
penetra en la habitación. Recorre
tu cuerpo, está
sobre ti, ha
burlado el lugar que me corresponde y
es así como despierta en mí,
ese demonio febril que
trata de poseerte
sin
conseguirlo. Es
entonces cuando el brillo de tus ojos se
despiertan con el alba
y despereza tu cuerpo. Las
aves gritan, arman
el alboroto que dejó
la almohada
en tu pelo y
mis dedos enmarañados sobre
tu piel, prestos
a la caricia. Es
tiempo del amor, no
ha vuelto la primavera porque
entre nosotros
no hay estaciones, no
hay tiempo para amarse, sino
toda la vida. Y
eres tú con esa mirada ardiente, quien
me dicta el momento preciso,
para
estar a solas. Vienen
sobre ambos cuerpos
los rayos del sol, que
nos acarician y rejuvenecen,
dan vida, agitan
hasta hacerlos transpirar y
alcanzar la temperatura que habrá afuera,
al paso del día,
con el llegar de las horas... Comprendes
que para el amor, no
ha sido preciso el silencio ni
la penumbra de una habitación, que
tras la ventana abierta, las
cosas, cobran vida y
los seres se despiertan igual que
estos cuerpos que se aman. ¿Qué
ha sido entonces tan doloroso para amarnos, entregarte
por una vez plena al amor, que
prodigué sobre tu piel este día? |
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