(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA
Jorge A. Lavalle Gómez

El alacrán de tu ausencia

EL ALACRÁN DE TU AUSENCIA

 Quiero verte de nuevo, decirte cuánto te extraño, que te duela como a mí lo insoportable que es esta vida sin ti.
 Hace tanto que estoy aquí solo, sin sonidos, sin colores, apenas con este aroma de ayeres que me has dejado para siempre en cada uno de mis poros.
 ¿Recuerdas cuando caminábamos juntos por la Roma y la Condesa?, ¿por el Monumento a la Revolución?, ¿por Tepito?, ¿por Paseo de la Reforma?, ¿por esos pasillos que nunca sabíamos en dónde terminarían?, ¿por las rutas embriagadoras de lo prohibido y por los aburridos caminos de lo permitido?
Alguna vez llegamos a bailar una cumbia, alguna balada romántica, nunca un rock and roll porque no nos gustaba, aunque yo siempre estuve dispuesto. Compartí la muerte de algunos de tu seres queridos, y supe que las lágrimas resbalaron por tus mejillas.
 Nadie ni nada duró tantos años junto a ti, aunque en ocasiones nos dejásemos por temporadas en las que la novedad te distraía de mi, y no me quedaba más remedio que esperar con paciencia, con la seguridad de que tarde o temprano me buscarías, pues solo conmigo te sentías a tus anchas en este planeta.
 ¡Aaahhhh...! necesito estar contigo, saber que no me has sacado de tu vida como tantas otras veces lo has hecho, sin embargo en esta ocasión he perdido la cuenta de los días, y empiezo a creer que la separación es definitiva.
 Al principio yo oprimía tu existencia y tú pisabas la mía. Así nos acostumbramos. Al pasar de los días, los meses y los años nos fuimos conociendo, nos amoldamos, nos reconocimos una y otra vez, y cada parte de nuestro ser ocupaba cada resquicio del otro como una historia escrita y aprendida a través de los siglos; juntos caminábamos tan plácidamente que la gente al vernos moría de envidia.
 Por mi parte digo con firmeza: jamás te excluí, por el contrario, estuviste desde el primer instante hasta siempre en mí, pero hoy. . . hoy eres tú quien me ha retirado de tu vida, como quien se quita un lastre de encima.
 Entre tinieblas me parece haber escuchado “adiós”, una cancelación del porvenir, y mis lágrimas apenas se detienen por la esperanza de que ese “adiós” sea una mentira, quiero convencerme de que tus labios nunca lo dijeron, ni que tu mano lo escribió en lugar alguno.
 Hoy no tengo a dónde ir, aunque supongo donde estarás; estoy paralizado, mi piel se va resecando y descubro cuán terrible es envejecer a solas, sin compartir contigo esas mañanas de domingo que tanto disfrutábamos al caminar con los primeros rayos del sol, cuando todos dormían o comenzaban a despertar, cuando teníamos el privilegio de disfrutar la ciudad mansa, sin ser invadida por los millones de pasos que entre semana laceran los lomos de elefante de las calles grises.
 Insisto en contener el llanto. Por cierto, nunca he llorado, pero esto que siento debe ser llanto reprimido, llanto de amor ahogado, lágrima de costumbre asfixiada, sollozo del deseo aplastado por tu ausencia, melancolía salvaje del recuerdo que me tortura con la amenaza de este maldito vacío... A solas grito con toda mi alma “¡jamás he dejado de ser tuyo!”
 No sé cuánto más habré de estar en este sitio que no puedo definir, porque igual puedo decir que estoy atrapado en cualquier rincón, o que mi claustro es el universo, pues sin ti no soy, o soy nada; sin ti se esfumó el último de los símbolos, sin ti nada tiene significado.
 En esta nada me pregunto qué haría al encontrarte, al reencontrarnos, y descubro que no me quedaría otro remedio que recibirte y aceptarte de nuevo sin reclamo ni condición alguna. No correría hacia ti, esperaría que avanzaras hacia mi y que me tomaras, me limitaría a observarte y a dejar hacer, me abrazaría a tu piel y me pegaría a la tuya milímetro a milímetro, sin dejar un punto sin tocar, me fundiría a tu ser, calladamente, con este amor que te guardo desde siempre.
 Después de todo, se qué has cometido un acto fallido al deshacerte de mi, y –sin ánimos de petulancia- estoy seguro de que te hago más falta de lo que tú crees.
 Qué burla, qué estúpido y qué trágico todo esto: podría decir que estoy cubierto de polvo, envuelto en telarañas, sepultado por la nostalgia, hasta puedo jurar que en mi interior vive un alacrán que vela y pasea amenazante: el alacrán de tu ausencia.
 Ignoro si en este momento hay sol o luna, si llueve o hace calor, si el mundo se ha acabado o aún queda algo fuera de aquí.
 Qué caótica me resulta tanta paz, qué patético saber lo que soy: este pobre e inútil zapato perdido.

 Jorge A. Lavalle Gómez

 

 

Página de inicio / Antecedentes / Obras / Entrevistas / Concursos / Noticias / Links / Taller literario / Contacto