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AUTOR |
TITULO DE LA OBRA |
| Jorge A. Lavalle Gómez |
El
alacrán de tu ausencia |
EL
ALACRÁN DE TU AUSENCIA
¿Recuerdas cuando caminábamos juntos por la Roma y la Condesa?, ¿por el
Monumento a la Revolución?, ¿por Tepito?, ¿por Paseo de la Reforma?, ¿por
esos pasillos que nunca sabíamos en dónde terminarían?, ¿por las rutas
embriagadoras de lo prohibido y por los aburridos caminos de lo permitido?
Alguna vez llegamos a bailar una cumbia, alguna balada romántica, nunca un rock
and roll porque no nos gustaba, aunque yo siempre estuve dispuesto. Compartí la
muerte de algunos de tu seres queridos, y supe que las lágrimas resbalaron por
tus mejillas.
Nadie ni nada duró tantos años junto a ti, aunque en ocasiones nos dejásemos
por temporadas en las que la novedad te distraía de mi, y no me quedaba más
remedio que esperar con paciencia, con la seguridad de que tarde o temprano me
buscarías, pues solo conmigo te sentías a tus anchas en este planeta.
¡Aaahhhh...! necesito estar contigo, saber que
no me has sacado de tu vida como tantas otras veces lo has hecho, sin embargo en
esta ocasión he perdido la cuenta de los días, y empiezo a creer que la
separación es definitiva.
Al principio yo oprimía tu existencia y tú pisabas la mía. Así nos
acostumbramos. Al pasar de los días, los meses y los años nos fuimos
conociendo, nos amoldamos, nos reconocimos una y otra vez, y cada parte de
nuestro ser ocupaba cada resquicio del otro como una historia escrita y
aprendida a través de los siglos; juntos caminábamos tan plácidamente que la
gente al vernos moría de envidia.
Por mi parte digo con firmeza: jamás te excluí, por el contrario,
estuviste desde el primer instante hasta siempre en mí, pero hoy. . . hoy eres
tú quien me ha retirado de tu vida, como quien se quita un lastre de encima.
Entre tinieblas me parece haber escuchado “adiós”, una cancelación
del porvenir, y mis lágrimas apenas se detienen por la esperanza de que ese
“adiós” sea una mentira, quiero convencerme de que tus labios nunca lo
dijeron, ni que tu mano lo escribió en lugar alguno.
Hoy no tengo a dónde ir, aunque supongo donde estarás; estoy paralizado,
mi piel se va resecando y descubro cuán terrible es envejecer a solas, sin
compartir contigo esas mañanas de domingo que tanto disfrutábamos al caminar
con los primeros rayos del sol, cuando todos dormían o comenzaban a despertar,
cuando teníamos el privilegio de disfrutar la ciudad mansa, sin ser invadida
por los millones de pasos que entre semana laceran los lomos de elefante de las
calles grises.
Insisto en contener el llanto. Por cierto, nunca he llorado, pero esto que
siento debe ser llanto reprimido, llanto de amor ahogado, lágrima de costumbre
asfixiada, sollozo del deseo aplastado por tu ausencia, melancolía salvaje del
recuerdo que me tortura con la amenaza de este maldito vacío... A solas grito
con toda mi alma “¡jamás he dejado de ser tuyo!”
No sé cuánto más habré de estar en este sitio que no puedo definir,
porque igual puedo decir que estoy atrapado en cualquier rincón, o que mi
claustro es el universo, pues sin ti no soy, o soy nada; sin ti se esfumó el último
de los símbolos, sin ti nada tiene significado.
En esta nada me pregunto qué haría al encontrarte, al reencontrarnos, y
descubro que no me quedaría otro remedio que recibirte y aceptarte de nuevo sin
reclamo ni condición alguna. No correría hacia ti, esperaría que avanzaras
hacia mi y que me tomaras, me limitaría a observarte y a dejar hacer, me
abrazaría a tu piel y me pegaría a la tuya milímetro a milímetro, sin dejar
un punto sin tocar, me fundiría a tu ser, calladamente, con este amor que te
guardo desde siempre.
Después de todo, se qué has cometido un acto fallido al deshacerte de
mi, y –sin ánimos de petulancia- estoy seguro de que te hago más falta de lo
que tú crees.
Qué burla, qué estúpido y qué trágico todo esto: podría decir que
estoy cubierto de polvo, envuelto en telarañas, sepultado por la nostalgia,
hasta puedo jurar que en mi interior vive un alacrán que vela y pasea
amenazante: el alacrán de tu ausencia.
Ignoro si en este momento hay sol o luna, si llueve o hace calor, si el
mundo se ha acabado o aún queda algo fuera de aquí.
Qué caótica me resulta tanta paz, qué patético saber lo que soy: este
pobre e inútil zapato perdido.
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