(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA

Héctor Zabala

Tres cuentos fantasmas

   
 

TRES CUENTOS DE FANTASMAS

de Héctor Zabala

 

INTRODUCCIÓN

 

Es cierto que quienes escribimos sobre fantasmas somos los que jamás creeremos que existen, pero de todos modos no deja de ser un buen ejercicio para desarrollar la imaginación donde nuestros sentidos no tienen cabida. Al escribir un cuento de fantasmas uno debe recurrir a la imaginación pura, nada del mundo que nos rodea ayudará en absoluto.

Y para quienes crean que esto sólo sirve para entretener a los chicos sería bueno recordarles que la gente de traje y corbata cree habitualmente en fantasmas de otro tipo y quizá mucho más peligrosos: políticas, que después no se cumplen; negocios, que de pronto se pierden; amores que traicionan; dinero o papeles todopoderosos, que de pronto se hacen humo, etc. Y pese a todo, estas gentes tan circunspectas siguen (y seguirán) creyendo en tales fantasmas sin siquiera sonrojarse.

 

 

 

CUENTO INVISIBLE

de Héctor Zabala

 

Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.

 

 

 

ENCUENTROS EN EL MAR

de Héctor Zabala

 

El viejo apoyaba los antebrazos en la barandilla. Ya se conocían de vista, aunque jamás se habían correspondido el saludo. El recién llegado se puso a la par, casi codo con codo, imitando la postura del viejo. Las sirenas del barco se escuchaban cercanas.

–Así que contemplando las estrellas para gastar el tiempo. Se ven brillantes, ¿no?

–Ay, joven, ¿a mi edad se puede dejar morir otra cosa que no sea el tiempo? Mire, no me gusta esta música moderna. No, no voy a perder el poco oído que me queda, por más que ese hombre quiera insistir con sus fiestitas.

El viejo y el joven (que no era tan joven como el otro pensaba) se miraron un instante, creyendo reconocerse. Era algo difícil de explicar. Estaba ahí y no estaba. Al fin y después de una pausa, enojosa por cierto como suele ocurrir con esas pausas, el que aparentaba más joven se atrevió a decir:

–Tiene usted razón. Las melodías no van con este asunto del mar, por más que el mandamás se imagine lo contrario. Si yo fuera él, no dejaría que interfiriese la música. Y en cuanto a la sordera, no se preocupe, yo descubrí hace tiempo que las hay beneficiosas. Mire, le diré, hará un montón de años, yo...

Y su alma se explayó en la anécdota, y los recuerdos surgieron como aparecidos a los que el mundo debía cobijar de nuevo. Palabras que el viejo en parte dedujo y en parte no; más por culpa de la sordera que de las neuronas.

De nuevo la pausa enojosa. Ese espectro brutal que llamamos silencio. Ese escollo, en forma de sigilo educado y modoso, entre seres cultos pero distintos, que aparecen de pronto y están como obligados a permanecer quietos y frente a frente, sin saber cómo continuar ni qué decirse ni cómo o dónde poner brazos y manos. Sí, como dos mundos disímiles que ocupan un mismo mundo.

Al fin, el que parecía ser más joven rompió los pensamientos del compañero:

–¿No habría que intentar avisarles?

El otro sonrió desolado sin mirarlo siquiera:

–¿Avisarles?, ¿para qué? ¿Para qué hacer cosas heroicas? Somos inútiles y viejos para ellos. Ni nos verían. Tendrán menos oído que los marineros de su anécdota o que yo por mi vejez. Y en cuanto a ceguera, créame, no hay generación que les gane. Mejor déjelos, que sigan felices, envueltos en su mala música y abismados en su baile ridículo que en todo hace agua. No hay nada, absolutamente nada en lo que podamos ayudar.

Y otra vez el silencio, apenas roto por la carraspera del viejo tras la brisa helada que venía del norte y se hacía sentir como nunca.

–¡Pero, ahora que caigo en la cuenta, no nos hemos presentado! –dijo el que aparentaba ser más viejo, tanto por decir algo.

–Bueno, digamos que no me hace mucha falta –rió el otro–. Usted debe ser el que aparece nombrado en casi toda cartelera de concierto del mundo. En cuanto a mí, no sé si la gente me recuerda tanto. No faltará quien crea que apenas soy un mito –terminó riendo.

–Bueno, de todos modos me presentaré: Soy Ludwig van Beethoven.

–Y yo, Odiseo, rey de Ítaca, aunque algunos prefieren llamarme Ulises.

Y siguieron apoyados con los codos en la barandilla, contemplando el cielo nocturno. Las agujas del reloj indicaban casi la medianoche. El almanaque, catorce de abril de mil novecientos doce. Pese a la vejez y a la niebla, ambos espectros ya empezaban a divisar la enorme masa blancuzca.

 

 

 

BROMA EN LA BRUMA

de Héctor Zabala

[...] Cual sombra son nuestros días

sobre la tierra,

y no hay esperanza.

1ra. de Crónicas, 29:15

 

Ambos se habían desplazado por el sendero como quien dispone de todo el tiempo del mundo. Ninguno queriendo sobrepasar al otro. El día era desapacible, pero igual encontraron a un muchachito leyendo en un banco. “Al parecer el único ser vivo del cementerio”, pensó con cierta ironía el más alto de los dos. El joven estudiante estaba leyendo Visitations de I.A.Ireland y a su lado yacía una Antología que Borges reuniera, allá por 1940, en colaboración con Bioy y Silvina. El libro estaba abierto en Final para un cuento fantástico, porque al parecer el jovencito andaba comparando textos.

Al rato los dos se detuvieron en la puerta de una bóveda sin número, que se encontraba entre la 46 y la 50. El más alto extendió ceremonioso la mano izquierda invitando al otro a pasar primero; tal vez por ser más viejo y de apariencia más débil.

Ya no se veía a nadie, ni siquiera al extraño lector porque el banco había quedado lejos y la bruma era cada vez más intensa. La mano blanca permanecía estirada persistiendo en su ruego. El viejo titubeaba, desconfiaba, pero al fin no tuvo otra que aceptar y entró por delante. Avanzaron los pocos metros que el interior de la bóveda les permitía. El más alto, siempre detrás, con las manos ocultas. El viejo se detuvo frente al féretro de mármol, alerta a la otra figura, embozada y esbozada por la bruma y las sombras. La figura alta se mantuvo callada unos pasos detrás.

Quizá por delicadeza, el viejo no se atrevía a girar sobre sus talones, aunque no recordaba haber visto al otro en ninguna parte. No, no era un pariente, estaba muy seguro de que no lo era. Ninguno de la familia solía ser tan seco y desgarbado. Ninguno de los suyos poseía ese porte inquietante, tan lóbrego y siniestro. ¿Quién era, entonces?, ¿qué hacía ahí?, ¿qué buscaba?

Permanecieron en silencio varios minutos que parecieron años porque ya todo amenazaba eterno. La figura alta, siempre con las manos ocultas, sopesaba la decrepitud del viejo. El viejo buscaba algún brillo delator en el otro o quién sabe qué.

De pronto, y a pesar de su mala ubicación, el viejo advirtió el movimiento. Fue un meneo cansino, leve, como el de un suspiro; y enseguida como un susurro, intuido antes que audible.

Desde entonces el viejo ya no apartaría más la vista del mármol. Un mármol devenido en pésimo espejo pero ¿qué se podía hacer?, era lo único que había. Sospechaba el propósito del otro. Bastaría simplemente con cerrar la única puerta del recinto.

El viejo dedujo, aun de espaldas, la sonrisa amplia, repulsiva, de la figura de apariencia más joven. Los minutos pasaban y el viejo seguía sin atreverse a dar la media vuelta. Pero era consciente de que si se abandonaba al curso de las cosas, pronto no habría salida para ningún mortal. La bóveda quedaría aislada del cementerio y del mundo en cuanto la figura extraña ejecutara su intento. Y sin embargo, no obstante percibirlo, el viejo no podía reaccionar, estaba exánime, sin posibilidad de nada concreto.

De pronto, el mármol cambió sus claroscuros.

–No haga eso, por favor. Después no le será posible abrirla de nuevo –alcanzó a suplicar el viejo.

Las bisagras chirriaron. La figura alta soltó la esperada carcajada y con un empujón remató el temido cierre. El sonido seco de la madera contra el marco no dejó ninguna duda. La bruma por un momento pareció disiparse, pero enseguida retornó inequívoca por las hendijas de arriba.

–Ahora no podrá salir –dijo el viejo con un hilo de voz mientras se daba vuelta consternado.

El otro se acercó y extendió la mano izquierda contra la pared, bloqueando el paso. El viejo no intentaría apartarlo. La figura al fin habló:

–De ninguna manera, abuelo, mire como salgo de aquí.

Y, entre burlas y risitas, introdujo su pálido cuerpo (o lo que fuere) en la gruesa pared lateral, dejando al viejo con los ataúdes, los mármoles y la penumbra brumosa.

Una vez solo, el viejo recordó que jamás nadie, de noche ni de día, se animaba a caminar esos senderos remotos. Estaba aislado, con la puerta cerrada, y a eso se reducía todo.

Al rato, el viejo hizo un gesto de impotencia con los hombros y se dijo:

–En fin, ¿cómo saberlo de antemano? Yo sólo quise ser amable; se lo decía por su bien, no por otra cosa.

Después se caló el sombrero y, emulando a la figura ya ausente, atravesó la misma pared de idéntica manera.

 

 

 

NOTAS:

 

“Cuento invisible” (minicuento): Premio Especial en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE 2006, La Habana, Cuba, 28/5/2006. También había sido Finalista en MiNatura 2006, Madrid, España.

 

“Encuentros en el mar” (cuento): Segunda Mención en el Certamen Literario Nacional “Prof. Argentina Harrand de Travi" Año 2006, de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Belén de Escobar, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 17 de diciembre de 2006.

 

“Broma en la bruma” (cuento): Primer Premio en el IV Concurso Nacional de Narrativa y Poesía de Poetas del Encuentro. San Andrés, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 19 de abril de 2008.

 

 

 

 


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