He visto las mismas bombas que astillaron Bagdad
como
una antigua magnífica cerámica
caer
con su bramido de roja singladura
sobre
Beirut.
Es
verdad que el miedo se espesa
hasta
hacer coraza de la piel ardida?
Cuánta
muerte, Andrés, amigo mio,
significa
Israel partida por la rabia?
Se
puede medir la gravedad del miedo,
la
profundidad de la sangre?
Como
se dice Basta para que se entienda?
Cuántos
muertos sin muerte en los refugios
donde
también se apilan desmemorias!
Es
verdad que en Beirut las calles
conducen
sólo a una gran tumba abierta?
Dónde
estan los niños?
Han
sobrevivido las muchachas que resplandecían
detrás
de los inmensos ojos negros?
Va
de cadáver en cadáver la poesía
que
abrió las ventanas del Líbano
a
paisajes de andamios y de pájaros?
Dónde
esta los niños?
Dónde!
Dónde
estan los niños!
Generales,
mercaderes de armas, traficantes
de
banderas, secuaces del imperio:
dónde
estan los niños!
Si
es verdad que las heridas
lloran
gotas de respuestas rotas, el aire
es
espada que destroza la mano que la empuña.
Porqué
Joumana los verdugos
cuando
todo pedía por el canto?
Dónde
estan los niños!
Junto
a los huesos de sus padres en las cárceles
y
los centros de tortura?
Bajo
la lluvia de plomo a mansalva?
En
las orillas de las ciudades sitiadas por el odio?
Las
mismas bombas que una vez y otra
se
repiten imbéciles, ciegamente imbéciles
sobre
plazas, mercados, aulas y cocinas,
sobre los niños del Líbano y Palestina,
sobre
todas las conciencias
también
caen ahora sobre mi casa.
31 años del comienzo de la tragedia en
Argentina.
Un fuerte abrazo con memoria
Gabriel
Gabriel Impaglione
Argentina
Argentina,
1976
A los treinta mil
compañeros desaparecidos
He visto los
hombres trepar a la sombra
tensando los
arneses aún dormidos
y marchar
unidos en el esfuerzo bestial
hasta montar el
sol sobre la tierra.
Entonces salían
de todas partes los niños y las madres
y luego los
mercados llenaban las veredas
de silbos y
manzanas.
La alegría de
las gestas domésticas
coronadas por
la dignidad del almuerzo!
He visto largas
caravanas de obreros en el alba
marchar hacia
el metal de la sirena.
Ágiles
bicicletas con la vianda,
la radio colgando del manubrio.
Hasta que el
estrépito de ráfaga
de cañón
maldito
de horrorosa
muerte
abrió un
boquete en cada casa y entró la niebla negra.
Todo se
retorció como un pez en la arena,
hasta ser
tragado por el miedo.
Desapareció la
fábrica.
También el
hombre.
Y los hijos, y
los mercados con silbo, y las radios
que no fueron
sino un espejo del infierno roto a veces.
La universidad
de Luján fue clausurada.
Encadenaron la
luz en los sangrientos sótanos,
persiguieron
los brotes del canto asesinado.
El abrazo fue
un código secreto
la patria un
dolor ahogado bajo la tortura.
Y el sol deseo
apenas musitado
entre los
nombres de los que ya no estaban.
De:
Explicaciones con mar y otros elementos, poesia, Edit. UniService,
Trento, Italia. Bilingue, 2007.