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Algunas veces ocurre en la oscuridad de las primeras o de
las últimas horas del día, como si recorriera el camino
que me llevara hasta la luna; otras veces, sucede bajo el más
enfurecido sol que me flagela y confiesa mis pecados. En mis
Tierras de Adrogué, a pesar de sus cuevas arbóreas,
disfruto menos que cuando es por la dulce tierra o la salada
arena.
Me recuerda que también soy un animal y me distrae
de tanto trabajo intelectual. Si bien es cierto que mi mujer
logra cosas parecidas, ella no queda celosa sino complacida
por los beneficios de aquello que tan bien me hace para
hacerle lo que desea cuando lo sugiere.
Es la calma y la descarga absoluta. Porque es una de
las pocas acciones donde el límite está en uno y la
victoria siempre es con uno mismo. Es la prédica del
artista que intenta unir la mente con el cuerpo y moldear
con nuestra propia materia la manifestación de la pasión.
Puede ser también el soliloquio religioso que nos conduce a
la contemplación filosófica.
Considero que forja la voluntad, porque cuando ya no
hay más aire, queda la decisión de exigirnos siempre
continuar, hasta la meta de la satisfacción de no habernos
detenido antes de la línea de llegada.
Amigos, me voy como un loco, como un salvaje, huyendo
de ustedes y de mí, me voy a correr…
Tierras de Adrogué, enero once, MMVI
Príncipe de Albanta
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Si
el otro supiera
“No
se trata de establecer quién tiene razón sino de ponernos de
acuerdo”.
¿Necesitarte?
Yo no te necesito
porque
niego cada uno de los suspiros
que
susurran tu nombre en mi corazón,
porque
confundo a cada uno de los gemidos
con
represiones cobardes intentando convencerlos
que
yo, que yo no te quiero.
Pero
es mentira, porque es verdad
que
muchas veces te llamo sin que me escuches
o
sin atreverme a que me oigas.
Porque
muchas veces no encuentro argumentos
para
explicarme por qué no estás
llenando
este vacío de impotencia
por
no tenerte cuando quiero
o
por temerte escuchando
las
razones por las cuales yo te quiero.
¿Que
te necesito? No, si solamente
deseo
estar contigo cuando tú,
cuando
tú también quieres estar conmigo;
cuando
no, tampoco yo te quiero.
Y
si nunca nos decimos cuánto nos queremos,
yo
no te querré tanto como digo
ni
tú me querrás a mí como insinúas
pero
nunca has dicho que me quieres.
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Lágrimas
de ojos
Tengo
lágrimas llenas de ojos
que
ya no podré volver a ver
y
de esos ojos que nunca me verán,
miradas
pintadas de tristeza y dolor.
Tengo
lágrimas llenas de ojos,
llenas
de llanto
y
de ojos con la angustia por mirar
el
desconsuelo de la verdad.
Tengo
lágrimas llenas de ojos,
y
ojos ya vacíos de lágrimas…
que
ya no quieren ver…
Agustín
Elías Jijena Sánchez
Príncipe
de Albanta
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