(Seudónimo de la escritora argentina Marta Roldán)

 

 


AUTOR

TITULO DE LA OBRA

Rolando Revagliatti

Preguntas de anita A ERNEST HEMINGWAY

 

La historia sigue


Me apego Sonido sal De lo tràgico Se mató la voz

PREGUNTAS DE ANITA

 ¿Importa saber qué edad he llegado a tener
y si soy risueña o resentida
hija adoptada por Karenin
(el marido de mi madre y padre de mi medio hermano)
hija del conde Vronski, e insisto
de aquella mujer tan bella que apenas conocí?
 
¿Heroína de la que precisamente habré heredado su belleza?
 
¿Escribí yo libros?
 
¿La perdoné?
 
ROLANDO REVAGLIATTI

 

A ERNEST HEMINGWAY
 
Langostas, grillos, truchas, salamandras como carnada
insectos, larvas y escarabajos para tu anzuelo
muchacho Nick Adams, inventor de arroyos
para quien era Michigan una fiesta del verano
 
Las armas
del viejo Hemingway y el mar.
 
 
 
 
Con un saludo cordial para Marta Roldán de su amigo
Rolando Revagliatti
www.revagliatti.com.ar

 

“NO MAN OF HER OWN”

 

Clark es Clark

Clark es esa marca: Clark: sustancia

    [registrada

 

Desestimando que Jack London o Shakespeare

    [alcanzaran a involucrarlo

aparenta imbuirse de Byron en una  biblioteca

    [municipal

Tomando helado con la bibliotecaria y los

    [padres de la bibliotecaria

es el digno tomador de helados

en el digno living de la casa de los padres

    [de la bibliotecaria

 

Él nunca decepcionaría a la bibliotecaria no

    [procurando desquiciarla

gozosamente con aplomo y liviandad en

    [alguna agradable cabaña de las     

    [inmediaciones

 

Una bibliotecaria en piyama de seda a solas

    [con él

es bastante más que una bibliotecaria de

    [Glendale

(en los suburbios de Los Ángeles, estado de

    [California, 1933)

 

Ni qué hablar de cuando una bibliotecaria

    [como Carole

se confiesa fascinada por Clark ante Clark

    [y la luna adorable

 

Clark revolea una moneda de veinticinco

    [centavos

como si fuera el provinciano e imperioso

    [corazón de Carole

y arriesga suficiente su valorada soltería

Pierde y se casa Clark

gana y le hace el amor en el camarote

    [de un tren maravilloso

 

En Nueva York presenta  su banda de

    [pequeros

a la muy confiada y reciente esposa

 

Clark es Clark aunque la policía le pise los

    [talones 

(apostar al Clark recto y socializado que

    [palpita

debajo de los prístinos pliegues del libertino)

 

Él opta por dar con su pinta a la cárcel

pena breve/ reencuentro

 

¿Una bibliotecaria no puede llorar si está

    feliz?...

 

 

 

 

 

 

 

Aquí va, Marta, un poema de mi autoría para tu consideración, concebido a partir del filme que da título al texto.

Un beso.

Rolando Revagliatti

 

 


 

Rolando Revagliatti

 

La historia sigue

 

Jabrellas se hospedaba en una pensión de la calle Maza. Vestíbulo, cocina, baño, retrete, corredores, diez habitaciones, algunas pequeñas, una de las cuales, en el tercer patio, él arrendaba. En ese último patio, en “la piecita del fondo”, que en realidad no era más que un sucucho –al lado de “la carbonera”, habitáculo donde no se guardaba carbón, sino trastos -, vivía Blanca, una copera a la que el hijo de la encargada, ciclotímico de ocho años, le alcanzaba el desayuno pasadas las dos de la tarde. En ese patio áspero había canteros, menta, hormigas y caracoles. “La piecita” no tenía ventana, pero sí la de Jabrellas, seborreico cuarentón tirando a gordo, empleado del subte, línea “A”. Calvo, con cara de luna abollada y el nacimiento de la barba muy marcado. Servicial, cuando no dormía sus once horas sagradas. Jabrellas, anticipado del estereo, en su día de franco nos inundaba de música clásica y Dajos Bela. La encargada solía encarecerle que le cambiara los cueritos de las canillas. La pareja de la pieza frente a la cocina, que les pasara alguno de sus tres discos, todos boleros, ya que ellos no disponían  de combinado. Los paraguayos, otros pensionistas, que les saliera de testigo en un trámite ante un ministerio. Los de la habitación enorme que separaba los dos primeros patios, lo reclamaron un domingo para jugar al truco. Las mellizas y el padre de las mellizas lo solicitaron por asuntos de electricidad. Otra vez, él se ofreció para entablillarle provisoriamente una pata a Mini, la quisquillosa perrita negra de Norma, la sufrida hija de la catamarqueña. También ayudó Jabrellas a correr muebles, a baldear, a podar la parra. En las paredes de su cuarto exponía fotografías enmarcadas de mujeres desnudas (pubis, aparte). Lindas fotografías: artísticas. Como del Playboy de los años cincuenta. En su ropero, dentro de sobres marrones, había muchas otras fotos con motivos similares. Cuando su madre y sus hermanas caían a visitarlo desde Baradero, los cuadritos eran raudamente desaparecidos, y a un par de clavos en sendas paredes les colocaba un almanaque y un dibujo. Sólo con prostitutas mantenía escaramuzas eróticas a las que por períodos de no más de noventa minutos cada quince o veinte días Jabrellas se entregaba. Le gustaba pagarles y jamás pichuleaba. Parecía conforme con su régimen de veintidós, veintitrés o veinticuatro encamadas anuales. Del bello sexo comentó en cierta expansiva oportunidad, que observando a unas adolescentes en Gath y Chaves se le había ocurrido la siguiente frase: “Todas las jovencitas son jóvenes”. Rasgo de sutil ingenio y perspicacia. Jabrellas tendía a sonreír, a mostrarse correcto y mesurado. Los de la sala, el cabo de la policía y su concubina, no lo saludaban. Abonaba el alquiler con puntualidad, usaba trajes, cepillaba con bríos su dentadura. En Baradero, ni mientras cursaba el secundario ni cuando trabajó en la forrajera tuvo novia o filo. Y tampoco en la gran ciudad. Hasta que Blanca, su vecina de patio y jardincito, se lo encuentra detrás de una ventanilla de la estación Loria, y se conmueve, se fija en él, y algo conversan. El caso es que Jabrellas, así, desprevenido, se sorprende el diecinueve de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho, invitándola a Blanca a tomar café en un bar por Congreso, una hora después.

 

 

La historia sigue con que ahora están los dos en la pieza frente a la cocina, son viejos, las fotos las vendió Blanca hace más de dos décadas al dueño de un boliche en Lanús, Jabrellas es jubilado, en “la piecita del fondo” Blanca pinta vírgenes de plástico, con lo que les alcanza para abonar el alquiler, tan módico, de la vivienda en la que, con las otras habitaciones clausuradas, son sus únicos ocupantes.

 


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